domingo, 21 de enero de 2018

Muerte y transfiguración (A mi abuela)



Siempre creí que el abuelo se iría primero y que, dos o tres semanas más tarde, la abuela también moriría de tristeza. Pero cuando aquella tarde al llegar de la universidad mi hermana me dijo con voz queda y melancólica "Asegura tus cosas, nos vamos para el pueblo", supe que me había equivocado. Pregunté con tranquilidad qué sucedía y ella, con la misma voz cicatrizante respondió: "Mi abuelita murió. Toma tus cosas y nos vamos". Yo, impasible, sólo logré soltar un "No puedo, tengo exámenes que presentar mañana". Me sorprendí tanto como ella, pero no planeaba cambiar de opinión. Me miró como con rencor y decepción, al tiempo que cogió su bolsa y salió del departamento con mi hermano menor. 

     Cuando, dos horas más tarde, me encontraba solo, comencé a llorar. No por mi abuela sino porque me imaginaba el profundo dolor que debería estar sintiendo mi madre. Y yo no estaría allí para apoyarla. Sin embargo yo me había prometido que si algún día algún familiar del pueblo fallecía, no descuidaría mis estudios porque de nada valía acudir a despedir a alguien que ya no estaba. Me pregunté entonces si el viejo estaría llorando. Es decir, jamás vi algo que demostrara el amor que seguramente se tuvieron y menos por parte del abuelo, que es un tipo más bien duro, con carácter de los mil demonios, pero quizá al saber que ya no vería más a su esposa toda esa armadura se haría pedazos. No fue así. Ni él ni mi madre arrojaron lágrimas. Tal vez porque su enfermedad nos había avisado ya desde hacía mucho; ya todos estaban preparados. 

     A veces el abuelo todavía pregunta por ella a causa de una supuesta mala memoria. "¿Dónde está tu madre?", le dice a mis tías. "¡Ay, señor! ¿No ve usted que ya se murió?", "Ah". Me gusta creer que más que por confusión y olvido, el amor que le tenía le hace negar su muerte. Me gusta creer que al final su armadura sí quedó destruida y trata de disimular la gran falta que mi abuela le hace. Es lindo imaginar que sufre por amor, que no quiere dejarla ir y alucina con su existencia. Ojalá tuviera razón.

     Esa noche, en medio de mi soledad, quise escribir para ella. Comencé poniendo: "Y más vale que Dios exista, y más le vale que la cuide y le apapache, que tenga un lugar reservado para su alma, que le sane las heridas y el cuerpo rasgado, que le devuelva la libertad que hacía tiempo había perdido, que la cobije entre sus brazos hasta que recupere sus fuerzas. //Más vale que Dios exista...    //Más le vale". No quise seguir pues me parecía que no era el momento. Recordé que cuando era niño, al ver a mi abuela ya con canas, pensaba en la reencarnación. Por aquél entonces ya comenzaba a dudar de Dios y su existencia. "Si algún día se muere -me decía- antes de que se vaya le pediré que me avise si hay vida después de la muerte". No pude cumplirlo. Luego pensé en la muerte. La muerte significa dejar de sentir. Supongo que con eso basta para creer que se está en el infierno. Dejar de sentir. ¿Qué cosa más terrorífica, no? 

     En fin, este no es un escrito para implorar a Dios que me la devuelva, para ser sinceros no la extraño y tampoco recuerdo ya mucho de su rostro. Pero sí recuerdo su bondad y cada uno de los detalles que tenía, así que, si esto no es una petición, es una amenaza. Más vale que Dios exista porque ella le entregó su vida, porque merece un pago en nombre de sus buenas acciones, de su ternura, de su lucha. Más le vale al muy cabrón, porque la muerte que vivió fue tan dolorosa, en nada correspondida por su vida de servicio. Al final espero que esto no sea su muerte, sino una transfiguración. Ella llegará a reemplazarte, desgraciado, tú no mereces ese puesto.

     Adiós, abuela. 
    Perdón por la tardanza.
    Y perdón por haber sido el único nieto que no acudió a tu funeral.


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domingo, 31 de diciembre de 2017

N.R.T (Nada; Recuerdo; Todo)

¿En dónde estoy? ¿Por qué tengo sangre en las manos? Me levanté del suelo y miré alrededor; no reconocía la habitación en la que estaba. Una pequeña lámpara de mesa alumbraba débilmente el lugar. El contraste entre el amarillo opaco de la luz y la oscuridad siniestra del ambiente era aterrador, como si algo grave hubiera ocurrido. ¿Estuve bebiendo? ¿Cómo llegué aquí? Comencé a recorrer el cuarto a pasos nerviosos, despacio. Sobre la cama pude observar un trozo de papel arrugado y al lado su bolso. Me acerqué titubeante, desenrollando la hoja para ver si podía darme alguna pista. 

«Te he olvidado rezaban las letras escritas
     Hace un par de meses que te he encontrado fría y moribunda en algún rincón abandonado de mi mente. No te pertenezco más. Ahora me permito observar a otras mujeres, admitiendo que después de todo, hay mejores ojos que los tuyos; más expresivos, más profundos, más coquetos. Ya no me alborota el organismo sentirte cerca ni recibir algún mensaje, tampoco los cariños que de vez en cuando se te escapan como diciendo: "no te vayas". No, cariño, ya no más. He besado un par de bocas sintiéndome libre y me he largado para no volver a encarcelarme. En este lado del olvido todo parece ser placer mundano, mero transcurso de vida.
     Cuando pienso en ti, mi memoria arroja una imagen desahuciada, incapaz de permanecer un minuto más en el desastre cerebral con el que cargo. A veces intento conectar contigo, pero te muestras derrotada y sin fuerzas. Como el hambriento que rechaza un trozo de pan por querer el sabor de la carne, decides desfallecer sin más. Te he olvidado y me parte el alma conocer esta verdad. No estás más en mí, querida. Después de mucho tiempo he logrado arrancarte de mis entrañas. Es extraño, ahora todo luce irreal, sin sentido. 
     Si te soy sincero, este nuevo mundo alejado de ti me resulta bastante vacío. ¡No lo quiero, lo detesto! Después de ti, beso sin ganas, acaricio sin ganas, despierto sin ganas. Pensar en ti era lo único que me hacía sentir vivo, sentirte, mirarte, abrazarte. No te amaba, eso lo sabes y quizá tampoco lo entiendas, pero hay sentimientos más grandes que el amor. No llevan nombre ni estereotipos, no llevan marcas ni sellos, son auténticos, libres y perfectos, llenos de éxtasis, placer divino. Y son esos sentimientos anónimos los que me ataron a ti. Por que ya lo dije una vez y lo seguiré diciendo, prefiero sentir contigo que amar sin ti. 
     Ojalá volvieras, ojalá me recordaras que olvidarte no es buena idea, porque todo es nada si no estás. Ojalá volvieras porque...» 

     El texto cortaba ahí, parecía incompleto. Las sábanas mostraban una tenue mancha roja donde antes había estado el papel, que seguía en un camino de gotas hacia el baño. Algunas rosas blancas yacían destruidas, esparcidas sobre suelo. El único cuadro de la habitación tenía el vidrio estrellado. En la esquina del colchón, además de su bolso estaba uno de sus vestidos (el blanco, mi favorito) igualmente destazado. Un gemido apenas perceptible llegó a mis oídos y corrí horrorizado a su encuentro. 
     Arrodillada sobre la tina de baño estaba ella. Ensangrentada, con la garganta cortada, pero firme. En la mano derecha sostenía una de tantas rosas blancas, sin intención de soltarla. Levanté su rostro con lentitud. No reaccionaba, permanecía inmóvil e impasible, como si estuviera muerta. Sabía que no podía estarlo, pues aún se mantenía sobre sus rodillas. Hubo un breve instante en el que sus ojos se abrieron y me miraron como la primera vez. "En tus ojos veo destrucción", le había dicho aquella ocasión. Justo ahora lo estaba comprobando. Al mirarme en sus ojos recordé todo, como un destello demoníaco aparecieron las imágenes que describían mi noche: 
     Me vi escribiéndole una carta de despedida, que enviaría con un enorme ramo de rosas blancas. 
     Me vi mintiéndome porque no era cierto el olvido. 
     Me vi deseando con todas mis fuerzas que ella apareciera. 
     La oí tocar la puerta, como acudiendo a mi auxilio. 
     "Hoy soñé contigo", me dijo. "Soñé que me leías ese poema que tanto me gusta". 
     Me vi dejándola entrar al apartamento y de la nada sentir un golpe (no de ella).
     Me vi  perdiendo la noción de la vida. 
     Me vi cortando su garganta con el cuchillo con el que planeaba suicidarme. 
     Me vi caer.

     Desperté

     Ella estaba a mi lado, mirándome a los ojos con una sonrisa encantadora. 
     ¿Qué sucede? dije. 
     Nada, mi amor, es sólo que hoy soñé contigo. Soñé que me leías ese poema que tanto me gusta...
Fotografía: Alley Scheffki

viernes, 1 de diciembre de 2017

Mujeres y otras deidades (II)

[...] Dios, sereno e imperturbable, con toda la justicia digna de un tirano, en un chasquido acabó con sus vidas. Ambos cuerpos quedaron enlazados, esparcidos sobre el suelo, sin más rastro que el de una vida bien vivida.

     Lo que Dios desconocía era que esa mujer estaba llena de pecados, mismos que le otorgarían su entrada al infierno. Había librado una simple batalla contra un mortal, era cierto, pero una más grande le aguardaba contra el demonio...
     

     SEGUNDA PARTE: UN ENCUENTRO CON LA MUERTE

—¿Quién lo diría, no? Todo mundo piensa que Dios actúa con sensatez, que castiga sólo aquello que atenta contra la bondad, contra la vida, contra el amor... Es cierto que no he sido buena, que soy más llamas que cielo, pero ¡Vamos, he hecho cosas peores, cosas realmente fuera de lugar! ¿Y matarme por un beso, por su simple egoísmo? No cabe duda, ni Dios mismo puede controlar el amor. Quizás vaya siendo hora de quitarlo del puesto, quizás sea tiempo de que se de cuenta que su omnipotencia no es invencible, que, como todo y todos, es vulnerable...

     La chica estaba extasiada. No comprendía cómo pero sabía que Él era el culpable. Lo supo por la manera en que estrujó su corazón hasta destrozarlo, su mano divina le había hecho sentir una energía impresionante, el mayor orgasmo que nadie le había otorgado. La Muerte la escuchaba furiosa; pese a todo el historial de pecados que cargaba consigo, sentía que no era hora de que aquella mujer visitara el infierno, que si había nacido para pecar, lo menos que podía hacer era envejecer con ello, viviendo con la misma intensidad con la que lo había hecho hasta entonces. 

     —¿Y por qué es que llorabas?
     —Porque de eso se trata, de sentir. Mis lágrimas no eran porque las cosas salieran mal, o por mis malas notas en la universidad o por los problemas en casa. Nada de eso. Si lloré es porque lo necesitaba, porque me aturde la felicidad eterna, porque no se vive de un sólo sentimiento. ¿Te imaginas? Toda una vida con una sonrisa en el rostro, o con el ceño fruncido o la mirada triste, ¡No lo lograría! No soporto la monotonía ni las repeticiones. Es por eso que cambio continuamente de rumbos. A veces mi camino lleva alcohol, otra veces drogas, amores pasajeros, triunfos deportivos y escolares, malas rachas, corazones rotos o incluso tardes de cama, café y libros. Y lo mejor de todo es que es mi decisión. Yo sé cuando quiero y cómo quiero hacer las cosas. Nadie me domina, ni siquiera la menstruación. Es cierto, a veces fastidia tanta intermitencia, pero es mejor que la rutina.
      —Ojalá puedas decir lo mismo entrando en el infierno... 
      —Las ganas me están matando. 

      ¡Qué extraña era esa mujer! Todo aquél que llegaba lloraba por su deceso. No paraban de decir que no era justo, que no habían terminado de ser felices, que no habían hecho lo que alguna vez se propusieron, que los devolvieran a la Tierra. Todos prometían arrepentirse, dejar los malos actos y ver por los demás si los dejaban volver a la vida. Después de todo la Muerte también funcionaba como sacerdote, no había quien se despidiera sin confesarse con ella antes.

     —¿Crees que te hayan faltado cosas por hacer en vida? 
    —Por supuesto que sí, pero te puedo asegurar que hice más en veinte años que muchas personas en toda su miserable existencia...
     —No te recomiendo que digas eso frente a los individuos que te acompañarán al lugar a donde vas...
     —¿Y qué importancia tiene? Ya estoy muerta de todas formas
      
     Le agradaba su actitud temeraria. Le agradaba que no le tomara importancia a sus comentarios y la seguridad que imponía. Hubo un momento en que sus ojos atravesaron los suyos, nadie antes había logrado encontrarlos debajo de esa oscuridad que representaba un falso cráneo. Sintió miedo y admiración. "Será mejor que nos vayamos", le dijo. La condujo hasta el abismo, y una vez que la dejó ante sus puertas, salió con prisa para encontrar a Dios. Una rabia incontenible la sedujo, dispuesta estaba a enfrentarlo. Sabía que las oportunidades eran pocas, pero ¿qué sentido tendría luchar si de antemano conoces la victoria?  

     [...]

     —¡Qué carajos te sucede!— aulló la Muerte.
     —Apuesto a que también te has enamorado de ella— respondió Dios con voz retadora. 
     —¡No seas absurdo, ella no merecía morir, no tienes derecho! 
     —No necesito ningún derecho, que no se te olvide. Yo no me rijo por leyes humanas, los tontos son ellos por creer lo contrario. 

     Escuchando esto la Muerte tomó su guadaña. Sin pensarlo arrojó con todas sus fuerzas una embestida que hirió el brazo de Dios. Lo intentó dos veces más pero ya no tuvo la misma suerte. Él, con un sólo movimiento, enfurecido y desubicado la tomó por el cuello con fuerza. "Tienes tres segundos para arrepentirte, dos más para arrodillarte y a partir de entonces, cinco para largarte" sentenció. "¿Y qué importancia tiene? Soy la Muerte después de todo...", respondió, siguiendo el ejemplo de su nueva dueña. 
  
     En un último zarpazo, Dios acabó ella.
     El fallecimiento de la Muerte, la condenaba a comenzar con una vida.
     


domingo, 19 de noviembre de 2017

Conticinio (soneto)

Dios es el silencio calmo, nocturno
Que lucha con el fuego de mi mente
Sin treguas, sólo hay un sobreviviente
Ni él ni yo, tu recuerdo taciturno.

¡Abre tus puertas sin miedo, Volturno!
Su viento cálido espero impaciente
Huele a amor, se avecina, se siente
Droga carnal que me lleva a Saturno;

Donde un nuevo lenguaje he aprendido:
El lenguaje de sonrisas. Callar
Leer el mensaje desconocido

Que algún día lograré descifrar
No hay más que hacer, ha quedado entendido
Tu sonrisa: conticinio solar


lunes, 23 de octubre de 2017

De Miedos, Sueños y Odios (DMSO)

Prometo con mi vida que no intentaré nada—, dije. Ella accedió. Tomé mi mochila, metí un par de libros y salí rumbo al hospital. Hacía una semana que la habían internado por un extraño efecto que le había producido el DMSO que utilizaba como medicamento. Aún no se tenían noticias particulares de lo que ese detalle implicaría, pero habían recomendado evitar las visitas, debido a que algunos doctores y enfermeras presentaban náuseas y repentinos desmayos al permanecer largo tiempo dentro de la habitación de María. Esa misma semana ella se había decidido a terminar nuestra relación, porque simplemente ya no daba para más. Por ello, cuando supo que quería visitarla, me hizo prometerle que nada intentaría, porque nada conseguiría.
     Pese a todo decidí intentarlo. No sabía bien como, pero tendría que encontrar la manera de entrar a verla y estar a su lado. El miedo me carcomía el alma, si habían prohibido las visitas era porque algo grave sucedía, algo con lo que la medicina no se había enfrentado antes. Misterioso caso. A decir verdad, todo en ella era misterio; cada centímetro de su cuerpo, su mirada, las pocas veces que emitía un pensamiento, las muchas otras en que decidía callarlos, todo en ella eran secretos que intimidaban y al mismo tiempo te incitaban a vencer ese miedo. Jamás se sabía con ella, un día podía llenarte de amor, abrazarte, besarte, y al otro podía odiarte con todas sus ganas, mostrarse indiferente, renegando de caricias y cariños. Ese era, quizá, el mayor miedo al que me ataba, pensar que un día cualquiera se largaría con todo mi sentir, sin decir nada, sin explicar nada, se largaría discreta, fugaz, impasible, se largaría porque sí, porque nada podría hacer yo para evitarlo. Y se fue, pero ahí estaba yo, sin ánimos de darme por vencido.
     Recordé la noche en que, previo a la cita en que nos haríamos novios, soñé con ella. Era una nada eterna, todo era blanco y vacío. Estábamos en medio de todo, observándonos. Su aroma dulce revoloteaba alrededor formando espirales cada vez más profundos y perfectos, su cabello se acomodaba en la forma exacta en que se encontraba cuando la conocí, sus manos, tan frías y delgadas, sostenían mis mejillas con ternura. Mi mano derecha reposaba sobre su pecho, escuchando el latir de su corazón; "Es así como como el frío quema, es así como los locos aman", me había dicho. Un fuego repentino salió de sus dedos y encendió mi rostro, yo no quería alejarme, era justo lo que estaba buscando. Me acerqué con ternura hasta postrar mis labios sobre el lunar de su boca y contagié mis llamas en todo su ser. El calor era tal que creció repentinamente en unos segundos. Cada vez se hacía más intenso, más y más intenso. Tan sólo unos instantes después, todo el vacío que nos rodeaba colapsó en un espectáculo de luces y centellas, nuestros cuerpos, enlazados por simples partículas, entendieron lo que había sucedido: nos habíamos convertido en Sol.
     Desperté con una sonrisa ilusa e incrédula, sin saber que ese día la vida me enseñaría que los sueños podían hacerse realidad. 
     Un zumbido en mi teléfono interrumpió mis recuerdos; el mensaje era claro: "No vengas, las cosas se han complicado". Eso era lo que más odiaba de sus acciones, la terrible intermitencia en la que me hacía vivir. Siempre que tomaba una decisión, no tardaba en arrepentirse. No podía sostener con firmeza resolución alguna, cambiaba de planes en el último minuto o simplemente se negaba. No por capricho sino por falta de agallas. Después de todo, la cobardía es el talón de Aquiles hasta de las personas más duras.  No detuve el auto. 
     Seguí andando hasta llegar a la calle donde se encontraba el hospital, donde no pude avanzar más, pues un montón de gente y agentes policiales impedían el paso. Bajé del vehículo sin pensarlo y avancé sin cuidado. A lo lejos se veía a todo el personal médico y pacientes desalojando el edificio. Unas cuatro o cinco personas se encontraban inconscientes y siendo atendidas por quién sabe qué cosa. 
        —No puedes entrar, hijo—, escuché, mientras alguien ponía su mano sobre mi hombro. Se han detectado severos problemas de intoxicación en el área inexplicablemente causados por una paciente, es mejor que regreses a casa. 
     Ni siquiera había terminado de decir la frase y yo ya había corrido a la puerta. Sabía que era ella quien estaba adentro. Sabía que era ella y no necesitaban prevenirme de peligro alguno. "¡Detente, ya han muerto tres personas a causa de ello!¡Detente, con un carajo!". No frené. Nadie me seguiría, pues el temor de entrar a buscarme era mayor que cualquier intento por cumplir la ley. Abrí las puertas con un empujón y, sin saber a dónde me dirigía, corría hasta llegar a la habitación deseada. Fue como recibir mensajes telepáticos que me guiaron a mi destino. Entré, ahí estaba ella. El cuarto era un desastre, papeles por todos lados, gasas, guantes, sábanas. Todo yacía en el suelo sin orden alguno. Las paredes permanecían blancas. Una jeringa llena de sangre se encontraba al borde de su cama, con extraños cuerpos flotantes de color amarillo sobrenadando en ella. 
       —¡Vete!
       —No iré a ningún lado
       —¡Eres un tonto, lárgate de aquí!
     Su piel estaba envuelta en un sudor aceitoso. Brillaba. Brillaba como en el sueño. 
       —¡Vete, vete, vete!—, gritaba desesperada. 
     Me acerqué a ella, estaba empezando a perder el conocimiento. Di un último paso y caí rendido sobre ella. "¡Eres un tonto!", escuchaba, mientras sus manos se postraban en mis mejillas. Las acariciaba en un intento desesperado por devolverme la conciencia. "¡Te odio, te odio mucho!". En un último esfuerzo levanté mi mirada hasta topar con la de ella.     
     Prometiste con tu vida que no intentarías nada dijo, ya con lágrimas en los ojos.
     —Vale la pena morir por lo que uno ama respondí, mientras ocupaba mi último aliento para alcanzar sus labios. Mi mano derecha reposaba sobre su pecho, escuchando el último latido de su corazón, escuchando el silencio que nos convertiría en Sol...

     Besarla significó vencer el Miedo, cumplir un Sueño y tragar mis Odios. Besarla fue la mejor manera de autodestrucción. 



domingo, 1 de octubre de 2017

Opciones

Si vas a hacerlo, hazlo sin pena, sin prejuicios, sin temor. Si vas a hacerlo, deja el alma en el acto, no te fijes en los que te observan, sólo avanza, avanza, avanza hasta quedar satisfecho. Si vas a hacerlo, deja de pensar si es bueno o malo, déjate llevar, déjate caer, ¡comienza a sentir! Si vas a hacerlo, hazlo sin más, no busques pretextos, no te impongas obstáculos que no estés dispuesto a superar, no lo dejes para la próxima semana, ni siquiera para mañana; el tiempo, en esta vida, es lo más valioso. Si vas a hacerlo, que nada te importe más que lograrlo. Incluso si crees que es tiempo de rendirte, hazlo si así lo quieres, no des avisos ni pidas permisos.

     Si vas a amar, evita los consejos, no escuches palabras de corazones ajenos, ellos nada saben del amor, no del que tú sientes, al menos. No intentes seguir otros pasos, historias de éxito, finales felices. Si vas a amar, no esperes la aprobación de tu amigo o de tus padres, que te importe un carajo que te digan que no te conviene, que tu pareja es mala influencia, que su carácter es horrible, que está demente. Sobre todo si está demente. La cordura hace mucho que está sobrevalorada. El mundo, hoy por hoy, es de quien piensa menos y siente más. Llámense anarquistas, artistas, químicos o bomberos. Incluso aquellos que hoy están el poder, ellos tiranos, ellos abusadores, ellos que dominan se dejaron llevar por el sentimiento, el placer monetario y el bienestar. Si vas a amar, más vale que luches por ello, que permanezcas firme pese a los golpes, que te levantes hasta conseguirlo. Si vas a amar, no te disculpes por las consecuencias, ten por seguro que cosas aterradoras surgirán por el atrevimiento, ten por seguro que habrá heridas, cicatrices, fuego, explosiones, multiversos, dioses escandalizados, religiones reprochando, oportunistas acechando, amistades desfalleciendo y todo, todo eso debes dejarlo atrás, porque ningún precio es demasiado alto ante el privilegio de hacer o tener lo que amas. 

     Si vas a amar, hazlo rompiendo esquemas. ¡Fuera sotanas, fuera hábitos, fuera uniformes! Si eso te impide querer, arráncalo, dile a Dios que no tienes tiempo para jugar al santo, que en casa te espera una mujer hermosa, hijos, familia. Dile que serás homosexual, que esta noche no te moleste porque harás el amor aunque se enfade. 

     Si vas a amar, hazlo aunque sea prohibido. Si ya pecaste en otras tonterías, qué mas da hacerlo por amor. Hazlo porque te arrepentirás si decides lo contrario. Hazlo por ti, para que sientas más de lo que sientes ahora, para que tu cuerpo se llene de emociones, para que puedas llegar a viejo sin miedo a que te falte algo, para que el día en que te marches, dejes grandes lecciones a quienes seguían tu camino. 

     Si vas a amar, toma mi mano y llévame contigo.




miércoles, 23 de agosto de 2017

Mujeres y otras deidades (I)

PRIMERA PARTE: EL DÍA QUE DIOS SE SENTÓ A OBSERVAR

Sentado al filo de la mesa, con una copa de vino rotando con su muñeca, Dios observa.

     Aquella mujer llora. No grita ni patalea, sólo lagrimea de a poco, delicado. La humedad en sus ojos le va bien, brillan más que nunca; como la lluvia que cae junto con los rayos del Sol o el faro que alumbra a las orillas del mar. Ella, sentada en el borde de una ventana con barrotes, mira hacia un todo en busca de razones, sin saber que su misma imagen le muestra presa, atrapada en una realidad podrida y escandalosa. Sus pestañas, puertas abiertas e inmensas, ceden ante el peso de la tristeza, cerrándose con tranquilidad. La luz que ilumina la mitad izquierda de su cuerpo resalta con sensualidad la oscuridad del otro extremo. Esa parte, la oscura, es la que hace estremecer a Dios cuando piensa en ella. Esa parte que está llena de afición por el alcohol, las fiestas y el ruido. Su inestabilidad, la facilidad con la que se pierde ante lo superficial, las palabras sin respeto que fluyen por su boca, cada maldito milímetro de vulgaridad que rodea su presencia le deja quieto y pensativo.

     Desde luego, su luz fue lo que le atrajo. Encontrarse con esa mente brillante, dotada de la inteligencia más espectacular que jamás predijo, más grande que la de él mismo, inmensa como el universo, encontrarse con ese detalle único en medio de tanta impureza provocó su demencia.

     Ella seguía allí, con las lágrimas ya secas que dejaron marcas en su rostro. De pronto sus ojos se iluminaron, fue como ver un nuevo big-bang en sus pupilas. En ese instante el todopoderoso dejó de serlo, bajó su copa mostrándose vulnerable, aquél resplandor le hipnotizaba, como lo hizo Eva alguna vez. Entendió que el precio de la vida eterna era sucumbir de vez en cuándo ante una mujer, por motivos distintos, labios distintos, caricias distintas, poco importaba, la relatividad también aplicaba al amor. Su querer guardaba en él un pedazo de cada beso, cada aroma y cada recuerdo de una mujer diferente. Jamás se olvida, sólo se recuerda menos.
   
     La euforia cesó cuando un hombre apareció a su lado. Le sonreía, le acariciaba la mejilla mientras mencionaba "todo irá bien". Ella asintió y se abalanzó sobre sus brazos. No lloró más, se sentía protegida dentro de su abrazo. Dios observaba, ya no era feliz, pero seguía tranquilo. El hombre deslizó sus dedos hasta llegar a su barbilla, subió a sus labios y se detuvo. Jugó con ellos, rodeándolos en un camino estratégico lleno de seducción. Regresó a la barbilla y la levantó con dulzura. Sus rostros quedaron de frente, sin escapatoria, no había lugar para nada que no fuera un beso. Se acercaron de a poco, delicado. Destellos estelares salieron disparados al momento del choque, primero suave y luego imparable, irreparable, infinito. Había pasión en ese encuentro, era allí donde yacía enérgico el sentido de la vida. Aquél individuo levantó la vista y como si el amor fuera un acto divino, encontró la de Dios. Ninguno se impactó, permanecieron impasibles y retadores. En los ojos de Dios podía verse reflejado, aunque profundo y escondido, el dolor de la derrota. Él lo sabía y desde el suelo terrenal le anunciaba que ese momento jamás sería suyo. Por primera vez el creador era vencido por la creación. Por primera vez un humano había retado a la divinidades y había salido victorioso.
   
     Dios, sereno e imperturbable, con toda la justicia digna de un tirano, en un chasquido acabó con sus vidas. Ambos cuerpos quedaron enlazados, esparcidos sobre el suelo, sin más rastro que el de una vida bien vivida.

     Lo que Dios desconocía era que esa mujer estaba llena de pecados, mismos que le otorgarían su entrada al infierno. Había librado una simple batalla contra un mortal, era cierto, pero una más grande le aguardaba contra el demonio...
     





jueves, 22 de junio de 2017

Placer desconocido (II)

Tu corazón está latiendo muy rápido—, me dijo. 
     —Es porque sabe que estás cerca respondí, mientras miraba el último rastro de su sonrisa...


Los noticieros estaban llenos de caos y advertencias; «Se recomienda a toda la población permanecer en sus hogares hasta nuevo aviso», decían. «Aún se desconoce el contenido del aparato aterrizado que, según las autoridades, tiene una estructura semejante a una botella de Klein [...]. En estos momentos, uno de los encargados se acercará por primera vez al objeto espacial para... ¡Oh por Dios! ¡¿Filmaste eso?!» Al otro lado de la pantalla ya sólo se veían pequeñas luces parpadeantes, partículas residuales del cuerpo del investigador y una parte de la nave. Se habían desintegrado en el instante justo en que entraron en contacto. Todos los espectadores se encontraban pasmados y se alejaban de apoco. Segundos después, la transmisión terminó. 
     Me serví una taza de té y me senté frente al ordenador, ¿cómo era posible lo que acababa de ver? Facebook estaba repleto de la historia, y no pasaron más de diez minutos cuando otro video comenzó a circular en el medio: una mujer de figura humana salía por el orificio de la explosión. No era en nada distinta a nosotros, era delgada y bella, de frente amplia, cubierta con un fleco y el resto del cabello, suelto y lacio, caía a la altura de sus hombros. Comenzó a caminar hasta perderse entre los árboles, mientras a cada paso que daba, un pedazo de suelo desaparecía. 
     Nadie daba crédito a lo que observaba, hasta que un grupo de científicos hizo una declaración oficial: el fenómeno era nada más y nada menos que un conjunto de antimateria, por eso desintegraban todo a su paso. ¡Existían seres hechos de antimateria! Aún había dudas de porqué siendo un aparato de dimensiones tan grandes, no acabó con la vida terrestre en el instante del choque, pero a final de cuentas, parecía ser una buena noticia. ¿Cuánto tiempo quedaba antes de que aquella mujer terminara con todo? ¿La comunidad científica estaba lista para combatir este problema? 
     Sin tener plena conciencia de lo que hacía, tomé mi mochila y salí a la calle. La noche lucía bien cuando la gente no transitaba, cuando el único ruido perceptible era el de mis pasos y el viento frío tocaba mi rostro. Arriba, las estrellas parecían querer decirme algo; abajo, un hueco en el piso hizo que cayera dolorosamente. Levanté la mirada y caí en cuenta de que los siguientes metros estaban deformados, con hoyos y grietas abundantes. Sin duda alguna la chica extraterrestre se encontraba cerca. Decidí avanzar sigiloso, pausado. Aunque me costara admitirlo, el terror que recorría mi cuerpo era incontrolable. 
      Diez pasos más adelante, la encontré. Parecía haberme estado esperando. El viento alborotaba su cabello y eso le disgustaba, pero la hacía ver tremendamente linda. Tenía labios carnosos y pequeños, las pestañas grandes y los ojos centelleantes. A pesar de ser delgada su cuerpo era seductor y coqueto. Avanzó hacia mí. Sabía que la quería conmigo, sabía que ella era de otro mundo, otra galaxia o quizá hasta de otro universo, que las diferencias eran terriblemente evidentes y no obstante, estaba dispuesto a tomar el riesgo. Es curioso como el amor toca la puerta de algunos, a veces sólo un vistazo basta para encontrarlo, a veces se encuentra en los lugares menos esperados, a veces en medio del desastre o en el mundo opuesto. A veces depende de un paso; más al frente y puedes caer en un abismo, para atrás y puedes estar a salvo pero, ¿por qué estar a salvo? Hay que ser muy cobardes para negarse al amor.
     Sin darme cuenta ya estábamos frente a frente. En sus ojos podía ver mi destrucción.
     ¿Por qué no huyes como el resto?
     Yo no soy tan cobarde. 
     No se trata de valentía, se trata de ser razonable. ¿No te das cuenta? Podríamos morir justo ahora. 
     Con gusto lo haría si es entre tus brazos. 
     No te creo.
     —¿Alguna vez te haz acostado a ver las estrellas?
     No, nunca. 
     Ven...
     Me tendí en el pasto y esperé a que lo hiciera también. 
     Allá, en ese destello, estaremos dentro de poco Tomé su mano y ella me abrazó. Nada ocurría. Seguíamos allí, como quién vence a Dios o al demonio. Por un momento creímos que lo habíamos logrado, ella sonreía recostada sobre mi pecho. 
          Tu corazón está latiendo muy rápido—, me dijo. 
    —Es porque sabe que estás cerca respondí, mientras miraba el último rastro de su sonrisa. Sentí como se desprendía cada porción de su ser y del mío, sentí el corazón partirse en mil pedazos, sentí que a pesar de todo, había valido la pena.
      Te lo advertí sentenció. 
     Y nos convertimos en partículas de luz.






     





jueves, 20 de abril de 2017

Alergias

Soy alérgico al polvo, ese que nace de poco usar la mente, aquel que se acumula en los proyectos abandonados y los sueños envejecidos. Me da tristeza ver como un deseo queda atrapado entre telarañas y podredumbre. Ese maldito polvo que se convierte en montañas, que se acumula y vuelve al cerebro un pantano, que no hace más que crear desechos mentales y basura cultural. Soy alérgico al polvo ajeno, ese que sale de entre el gentío y vuela con el aire, que rodea cada rincón de la ciudad, del país y del mundo. Soy alérgico al polvo de los genios, ese que surge de puro desperdicio de talento, como el que rodea a los libros en desuso, o a los lápices, o al pincel o a los botines de un danzante. 
     Soy alérgico al conflicto y a las discusiones sin argumento, a cada palabra que sale como un grito desesperado por tener la razón, al caos burdo y los silencios cobardes. Soy alérgico a las revoluciones populares, a las naciones de borregos y el pensar ciego, a la monotonía y las copias, a la falta de dureza y de convicciones, a la ligereza, a la poca firmeza y al titubeo constante. 
     Soy alérgico a los insectos, esos que te fastidian con comentarios ridículos y zumbidos fastidiosos. Me salen ronchas de sólo sentirlos cerca. Generalmente sólo buscan joder, el momento adecuado para aplicarte una picadura que te frene, oportunistas sin remedio. 
     Soy alérgico al fracaso. Una sola derrota puede tumbarme por un par de días y alterar el funcionamiento de mi cuerpo. Si caigo, el descalabro es casi mortal, me deja sangrando y con el corazón ardiendo, el rostro gacho y decaído. Pero también sirve como vitamina, una vez recuperado me levanto con mayor fuerza, como si hundirse en realidad fuera impulsarse, y mientras más hondo se caiga más arriba llega el vuelo. Soy alérgico a las victorias simples, aquellas que llegan sin mucho esfuerzo o como un regalo. Cada vez que llegan suelo expulsarlas en un estornudo, no por malagradecido sino casi como un proceso natural. Victoria sin lucha sabe a jarabe. 
     Soy alérgico a algunas fragancias: al hedor de la distancia rasguñando mi piel solitaria, al perfume del sonido cuando sólo quiero paz y al aroma de los sueños, que sólo son sueños y no más. 
     Soy alérgico al tiempo, y este es la alergia más letal de todas, porque sé que tarde o temprano, acabará con mi vida. 
     Soy alérgico a los amores pasajeros y sin embargo, es el mal que más me ataca. No muestra piedad pese a mi resistencia a que exista, no es mortal pero sí insoportable. Causa mucha comezón y bochorno y debo admitirlo, a veces es placentera. Soy alérgico a querer poco, a no sentir, a no sufrir, a no vivir. 
     Niña mía, soy alérgico a ti y sin dudarlo, moriría intoxicado entre tus brazos...

                             Resultado de imagen para surrealist photography black and white

sábado, 15 de abril de 2017

Destrucción del orden

«y cuerpo a cuerpo, acariciadamente
en una soledad inacabable
se junten nuestras lentas soledades»
—Fernando del Paso

Ver a tus ojos que me ven, sentir el calor invadiéndome, respirar lento y desconcertado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde el arte empieza. Hay silencio en mi pequeño círculo, aunque afuera el escándalo viva, aunque una voz a mi oído se pegue. Hay silencio, como el que guarda el bosque frío, o el que se escurre entre el arroyo. Te miro y tiemblo de puro placer, de purititas ganas de arder en ese infierno. Ver a tus ojos que me ven y sentir su verde inmensidad envolviéndome. 
     Acercarme mientras te acercas, sentir tu aroma invadiéndome, respirar con rapidez y ensimismado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde el amor empieza. Se ha roto mi pequeño círculo, miles de sonidos disipan la voz cercana a mi oído. Hay ruido, como el que guarda una sala de conciertos, o el que se escurre entre la sangre de guerra. Te miro y callo del puro impacto, de puritito anhelo de estrellarme en tus paredes. Acercarme mientras de acercas y envolverme en una nube de dulzura.
     Besar tus labios que me besan, sentir tu sabor invadiéndome, sin respirar y extasiado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde la vida comienza. Te haz unido a mi pequeño círculo, en donde el silencio ruge y los relojes callan. Hay todo, como el que se guarda en el universo o el que se escurre en nuestra fusión. Te miro y suspiro de pura alegría, del puritito deseo de tenerte siempre cerca, mujer fogata, cálida y serena. Besar tus labios que me besan y sentir explosión de estrellas.
     Sentir que sientes lo que siento. 
      Besar a tus labios que se alejan, sentir a tu sabor marcharse, sin respirar y extasiado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde la vida —la verdadera vida— comienza. Desapareces de mi pequeño círculo, en donde los rugidos callan y los relojes caminan. Hay nada, como la que guarda la distancia o la que se escurre entre el miedo. Te miro y suspiro, de pura tristeza, del puritito antojo de tenerte unos minutos más. Besar tus labios que se alejan y sentir el hundir de un titan. 
     Alejarme mientras de alejas, sentir a dos mundos olvidarse, respirar lento y desconcertado. Es ahí donde el orden acaba, es ahí donde la poesía empieza. Hay dolor en mi pequeño círculo, el dolor de volver a cerrarse, aunque quede una grieta viva. Hay dolor, como el que guardan los corazones locos o el que se escurre entre compañías. Ya no te miro y tampoco siento, pero sé que del dolor nacerá poesía. Alejarme mientras te alejas, sentir como das vuelta y...
     Ver a tus ojos que me ven: destrucción del orden.
     Acercarme mientras te acercas: destrucción del orden.
     Besar a tus labios que me besan: destrucción del orden. 
     Sentir que sientes lo que siento: destrucción del orden.
     Besar a tus labios que se alejan: destrucción del orden.
     Alejarme mientras te alejas: destrucción del orden. 
     Ver a tus ojos que me ven...
    



domingo, 12 de marzo de 2017

Adiós

«Te tengo en el cajón de los recuerdos
también el de los olvidos;
en el de los sueños rotos
y el de los sueños cumplidos»
—Rapsusklei


Pues no, después de todo no somos, no seremos, no pudimos. Quizás fui yo, o tal vez tú, ambos o ninguno; quién sabe. Pero aquí estamos, cada uno en su polo, viviendo en nuestro círculo, ese que nadie ha atravesado de verdad, que en sus límites guarda un montón de historias agradables pero secas, historias que hipnotizan pero no conmueven, que hacen ruido pero nada dicen, que se lloran pero no se sienten. Que lamentable tener que despedirse sin percatarse de que algo sucedió. Así como miramos emocionados el rastro de la estrella fugaz en el cielo, aún sabiendo que no volveremos a verla dentro de muchos años o tal vez nunca, así te veo, así te espero, así te siento. Que breve y placentero me resulta recordarte. Ni siquiera venir al mundo representa tanta luz como nuestro pequeño instante. 
     ¿Por qué te marchas tan pronto? No tengo problema en decir adiós pero, ¿cuál es la prisa? No nos dimos tiempo de sentirnos, querernos ni odiarnos. Nos marchamos sin más, sin alterar nada en el espacio, sin sufrir lo insoportable de un quebranto verdadero, sin desgarrarnos el alma, sin quemarnos, sin sentir al menos la magia en un beso. De cualquier manera, tengo un sitio reservado en mi memoria, por si decides volver.
     Te digo adiós, aunque no lo desee, te digo adiós porque me falta vida para conquistarte, porque hay abismos y volcanes a los que debo enfrentarme justo ahora, porque inevitablemente no sólo pienso en ti. Que absurdo sería decirte que mi mundo eres tú, te mentiría. Pero sí te pienso, sí te sueño, sí te anhelo. Hay verdades que se esconden entre silencios, otras, como estas, que se gritan en papel, pero ninguna tan certera como la que vive entre tus ojos, esa que sólo yo he visto y jamás revelaré. Pobres diablos aquellos que no pueden verla, siento lástima por ellos. Poco importa, las almas pequeñas no perciben la grandeza. 
     Hay adioses que ni siquiera tuvieron una bienvenida, hay bienvenidas que se repiten apresuradas, hay prisas que no puede alcanzar el amor, hay amores que se apresuran a recibir un adiós... Me despido pero no me he rendido. Podrás creer que me he dado por vencido, podrás creer que en medio de tanta niebla he perdido las agallas y que no era el vencedor que juraba ser, que más que David resulté ser Golliat, que detrás de tanta palabra no hay más que sonido. Pero no. El último soplo está por venir. 
     Porque gracias a ti aprendí que el coyote no siempre devora al zorro, que los mejores sentimientos no viven sólo del amor, que aunque sea a cuentagotas, es mejor sentir contigo que amar sin ti, que entre el querer y el odiar hay un puente y vivir a tu lado significa jamás cruzar hacia ningún extremo. 
     Adiós.
     Adiós.
     Adiós.

     En un mundo de extraños, esto no es más que una bienvenida.







Muerte y transfiguración (A mi abuela)

Siempre creí que el abuelo se iría primero y que, dos o tres semanas más tarde, la abuela también moriría de tristeza. Pero cuando aqu...