viernes, 6 de abril de 2018

El sol nos oculta el firmamento (Soneto)

Si sólo buscas luz y fluorescencia
Y a la vida evitas su oscuridad
Si temes mirar la profundidad
¡Esa no es vida, es absurda existencia!

Permite que te de una sugerencia
Que vayas contra todo sin piedad
Sin importar que no haya claridad
Porque así inmortalizarás tu esencia

¡Basta! Una tormenta no es invencible
Ni los rayos de luz son salvamento
Ni el brillo una belleza inmarchitable

Recuerda, en las tinieblas y el tormento
Se encuentra una verdad irrefutable:
El sol nos oculta el firmamento.



viernes, 2 de marzo de 2018

Y si los muertos aman...

 «Y si los muertos aman
Después de muertos
Amarnos más»
-"Nuestro Juramento", Julio Jaramillo.


Seremos la singularidad, el origen y el retroceso, Big-bang y Big-crunch. En ti nacerá la materia y en mí la antimateria. Nos destruiremos al contacto, pero como espíritus guerreros, no nos soltaremos jamás. Andaremos de la mano expulsando energía capaz de generar hoyos negros. Espacio y tiempo quedarán postrados ante nuestros pies. Un beso significará una hora y un abrazo un siglo. Las miradas serán la nueva medida de distancia, sin importar si estamos a mil metros o a diez centímetros, la comunicación ocular será quien diga qué tan lejos o cerca estamos de cada cual. 
      Seremos revolución y anarquía. Nuestro amor no seguirá estereotipos, ninguna estupidez de romance contemporáneo. Andaremos sin rumbo, porque sólo así se encuentran los buenos destinos; porque sólo si no sabes hacia dónde te diriges es como encuentras lo que jamás buscas. En este juego de azar, no parece casualidad nuestro contacto. Somos la resurrección de Popocatépetl e Iztaccihuatl, la sangre tlaxcalteca fluye por nuestras venas. Estamos aquí para terminar lo que en su historia quedó incompleto, para desmentir lo que de otras bocas se escape, para que no exista más verdad que la que de nosotros se forje, para que incluso el demonio nos tenga respeto. 
     Seremos ceniza y vida. Cuando no queden sino resquicios de nuestro pacto, la Tierra tendrá talladas las letras de nuestras almas. De nuestro abrazo surgirán las brasas, huellas para fuegos próximos. Seremos volcanes, etéreos e infinitos. Seremos volcanes en erupción, quemando todo aquello que se cruce en nuestro camino. Extinguiremos a toda una especie, envolviendo sus cuerpos inútiles y vacíos de sentimientos con nuestro manto. Manto de insigne devoción, delgada capa por la que se observará el infierno, armadura de seda invisible e impenetrable. El mundo entrará en pánico, el corazón podrido de cada individuo comenzará a florecer desde sus entrañas hasta que de su boca broten declaraciones de amor. No podrán escapar. Seremos ese par que lleve al planeta a su fin. Esta vez no habrá Dios que nos condene, no habrá Dios que nos destierre del paraíso. ¡No somos Adán y Eva, no somos tan débiles! En un acto de implosión el cielo se reducirá a nada. Entonces habrá espacio para el humano, para que viva sin restricciones. No existirán los pecados ni lo hechos nobles. No habrá nadie que pueda obrar con bien o con mal. ¡Nadie, escúchalo, nadie! Ya no habrán reglas. El mundo será un caos y eso estará bien. 
     Seremos volcanes, etéreos e infinitos, porque incluso después de muertos, seguirán en el aire vestigios de nuestro amor. 

jueves, 15 de febrero de 2018

Claudia

Siempre quise conocer a alguien que se llamase Claudia. 
     Aquella tarde, mientras mis manos sostenían un ejemplar de «La muerte y otras sorpresas», de Mario Benedetti, sentí como de apoco se iba acercando a mí. "Del trabajo a casa, y de casa al trabajo. Pero ella y yo juntos. No importaba que no habláramos mucho.Una cosa es estar callado y saberla a ella enfrente, callada, y otra muy distinta estar callado frente a la pared. O frente a su retrato". Justo cuando terminé de leer este párrafo, ella tomó asiento a mi lado. 
      ¿Sabes? dije sin darme cuenta. Hay dos tipos de silencio: el que te llena la mente y el corazón, y el que sabe a una terrible soledad. Acabo de darme cuenta de ello. Lo dice este párrafo, mira. 
     Le enseñé el pequeño fragmento que acababa de leer. Ella, aún sin comprender, se limitó a seguirme el juego. Tomó el libro en sus manos y mientras inspeccionaba cada palabra, yo me propuse esperar su reacción. 
     Supongo que tú te encuentras en ambos 
     ¿Perdón?
     Sí, ambos silencios. Hace diez minutos que comencé a observarte desde el otro lado del parque y me parece que, aunque disfrutas de esta soledad, rodeado de árboles y sombras imperceptibles, hay algo en ti que está mal. ¿Te sientes sólo, no es cierto? Me da la impresión de que extrañas a alguien, alguien con la que compartías silencios, tal como tu personaje. Lo sé por la manera en que sientes la historia, porque a la distancia puedo notar los nudos que se te hacen en la garganta en algunos instantes de tu lectura. No lo tomes a mal, es sólo una primera impresión. 
     No sabía qué contestar. Una completa extraña requirió sólo de diez minutos para adivinarme. 
     ¿Por qué me observabas? balbuceé. 
    No lo sé, esa manera tuya de vivir un escrito es como un imán. Me gusta ver cuando las personas sienten. Es un lindo ejercicio. De pequeña solía observar a mi abuela leer las cartas que el viejo le mandaba de Estados Unidos. Siempre estaban llenas de cariño, de melancolía, de anhelos. Más de una vez vi caer lágrimas en su rostro y también hubo muchas más en que lloré con ella. El último sobre que recibió que llevaba su nombre informaba que el abuelo había sido asesinado. Entonces ella escribió una carta de despedida en cuyo papel quedaron impregnadas muchas gotas de tristeza. No me lo vas a creer pero ella también tenía una teoría de silencios. Decía que la muerte era el silencio magnánimo en el cual nos volveríamos más sabios y que el silencio en vida no era más que un divertido juego para matar el tiempo. O para que el tiempo nos matase, funcionaba igual. 
    ¿Dónde está ella ahora?
     Haciéndose más sabia. 
     Parece que no soy el único que se siente solo. 
     Dije las palabras justas. No bien había terminado aquella frase y ella rompió en llanto sobre mi hombro. Algo dentro de mí me decía que debía darle palabras de aliento pero no quise interrumpirla. Llorar estaba bien y quitarle ese privilegio sólo le lastimaría aún más. De a poco el llanto se convirtió en un par de sollozos y los sollozos en dulces suspiros. Alzó la mirada sin despegarla de la mía. Caí en cuenta de que todo ese tiempo había mirado hacia otro lado, pero ahora, sin más remedio, me dedicaba a observarle. Su frente estaba húmeda. Los cabellos ondulados se desvanecían hasta culminar en extremos azules. Mujer eléctrica. 
    Tenía un mal presentimiento. Sin poder evitarlo y como si alguien me obligara, reparé en sus ojos. Quería correr, el miedo fluía por mi sangre con una velocidad impresionante. Un par de aureolas verde botella rodeaban los centros llenos de negrura. Sentí como aquél abismo me tragaba entero. Sus ojos eran el puente a otros mundos. Era ahí donde se encontraba el secreto del universo. De pronto mis labios se encontraron con los suyos. Sentía mi cuerpo arder. Su boca era un temazcal que incendiaba en vapores, en calor infernal. Su boca era un temazcal que me hacía renacer, que golpeaba el cuerpo pero renovaba el alma. Era el temazcal que humedecía mi piel, ese pequeño espacio en dónde Dios y el Diablo firmaron un pacto, en el que carne y cuero dejaban de ser un envase para convertirse en armadura. 
     Después de todo, hay un tercer tipo de silencio me dijo—. Ese que promete complicidad, por el que sólo los corazones se comunican...
     Se levantó, me dio un último beso y emprendió su despedida a paso lento. Mientras la veía alejarse, supe que jamás volvería encontrarla. «Por cierto, me llamó Claudia», gritó a lo lejos. Esa sería la última vez que escucharía su voz, pero no la última que su latir conversaría con el mío. 



     

domingo, 11 de febrero de 2018

Postdata de mi sueño

A ella no le gusta la lluvia y sin embargo, nuestro primer beso fue bajo su regazo. Miles de gotitas se impregnaban en nuestra ropa, en nuestro cabello y en nuestra alma. Sus labios a veces resbalaban, al igual que los míos; pero jamás desistimos de volver a intentarlo, de volver a chocarlos en suaves caricias húmedas y frías. "Mis piernas están temblando", me había dicho apenas el día anterior, en nuestro primer abrazo. "Mi corazón tiembla", respondí. Había mentido y se lo dije mientras el agua nos seguía empapando. "Mi corazón no temblaba. Más bien estaba jodidamente paralizado". Eso sí era cierto. Quieto, como si una bala le hubiera atravesado de extremo a extremo, había dejado de latir, tal como en ese instante. Jamás había estado en una situación similar, un momento en el que nada en mi cuerpo parecía reaccionar. Siempre existía alboroto, caos, palpitaciones a mil por hora, pero ahora, inmóvil, esperaba una orden del cerebro. Él, estúpido y enamorado, había decidido que era tiempo de sinrazones. 
    A ella no le gusta la lluvia y sin embargo parecía bendecirnos. Sobre ese pequeño puente se sellaba nuestro pacto, un contrato de sentimientos. Busqué su rostro. Viaje desde su mejilla derecha a la comisura de sus labios, de la comisura a la boca y de la boca al otro extremo. Y de extremo en extremo fui perdiendo la razón. Sus abrazos me robaban el aliento, tanto por su dulzura y calidez como por su fuerza y energía. Recordé cuando de niño jugaba a los Encantados, si te tocaban no podías moverte hasta que alguien más te volviera a la vida. Nadie me dijo que Los Encantados no era sólo un juego, que podías encantarte de verdad. Nadie me lo dijo y en consecuencia ahí estaba yo, con cara de tonto, el cabello ridículo y sin poder moverme. Mentalmente, quiero decir. Jamás imaginé que su ternura era una gran estratega del juego. Si el mundo me preguntara, respondería que perdería el juego con tal de quedarme encantado eternamente.
     A ella no le gusta la lluvia y sin embargo se quedó conmigo. Estaba enferma y se quedó conmigo. "Te vas a enfermar", me dijo. "No, tú te vas a curar" le respondí. No sería un buen doctor, a todo paciente me encargaría de recetarle una buena dosis de besos, de amor, de euforia. No me imagino a alguien con cáncer curándose con cariño, pero al menos se olvidaría del cáncer. 
     A ella no le gusta la lluvia, ni tampoco que la tome de la mano; pero caminamos enganchados el regreso. Su vestimenta era la misma que en la primera vez que la reconocí linda. ¿Quién habría adivinado semejante coincidencia? Dato curioso: No me gustan sus Casualidades perfectas, pero me encantan si las vivo con ella. 
     Regresamos al mundo, secos y más vivos. Mientras la miraba en silencio , escuché de repente en mis adentros:
     
     Postdata: cuan magnífico es saber que hace frío afuera, pero bajo el pecho un calor está naciendo. No busques más. El tiempo enseña, que los sueños nunca engañan*     
Pintura: Jeff Rowland

*Mi gente- Sharif Fernández ft Pablo.
     
     



jueves, 25 de enero de 2018

Mujeres y otras deidades (III)

Le agradaba su actitud temeraria. Le agradaba que no le tomara importancia a sus comentarios y la seguridad que imponía. Hubo un momento en que sus ojos atravesaron los suyos, nadie antes había logrado encontrarlos debajo de esa oscuridad que representaba un falso cráneo. Sintió miedo y admiración. "Será mejor que nos vayamos", le dijo. La condujo hasta el abismo, y una vez que la dejó ante sus puertas, salió con prisa para encontrar a Dios. 

     TERCERA PARTE: GÉNESIS


      Las cosas por aquí cambiaron desde hace ya algún tiempo Le decía el diablo La realidad es que hice las pases con Dios sólo un par de siglos después de nuestra pelea. Yo era un ángel ¿sabes? Solía disfrutar del paraíso universal, de sus paisajes y su dulce monotonía (ahora me resulta tan horrenda). Pero todo cambió cuando llegó Eva. Jamás existió Adán, por si te lo preguntabas. Eva era una de esas mujeres incandescentes, una mujer que sólo el humano puede crear, porque Dios hace mucho que perdió el arte.  Ambos nos enamoramos de ella; pésima decisión entre amigos.  Entonces yo carecía de poder y agallas, por lo que no me quedó más remedio que resignarme y partir. Pero ella, amante del caos y la lujuria, decidió visitarme en mi morada (que aún pertenecía al paraíso), se entregó completamente, en alma, en cuerpo, en muerte; para mí ya no importaba nada, Él tendría que admitir su derrota. No fue así, por supuesto. Me desterró pero no me limitó, pues pese a todo seguía valorando nuestra amistad que entonces parecía muerta. Creó el infierno y mi castigo era castigar. Él sabía perfectamente de mi bondad y de lo mucho que me dolería cumplir esa tarea. Más tarde, cuando nos reconciliamos, me permitió dejar de mortificar a quienes llegaban. Desde entonces llegan, buscan algo que hacer, se instalan y se dedican a morir. Te sorprendería saber que es más eficiente la no tortura para que se arrepientan de sus pecados. 
     Bueno, entonces supongo que iré a buscar algo que hacer.
     
     Con pequeños pasos apresurados se adelantó sobre el sendero serpenteado, siempre a poca distancia del demonio. Él, detrás de ella, observó su figura, su dulce y tierna figura. Le embargaron una ganas enormes de tomarla por la cintura, de abrazarle y sentir sus mejillas tibias pegadas a sus labios, de acariciarle el cabello y susurrarle al oído uno de los tantos poemas que escribía desde hacía siglos. 

     Sólo te advierto que nunca me voy a arrepentir de lo que hice en la tierra. Y de ser posible comenzaré a hacerlo aquí, en el infierno. ¿Tendrás lo suficiente para detenerme?Soltó una carcajada seductora y desafiante. Dio media vuelta mientras comenzaba a caminar hacia atrás. Sonreía con una tranquilidad tormentosa. En sus ojos podía verse lo increíblemente loca que estaba, era una mirada fija, a la espera del menor error para atacar. 
     Lanzó una última sonrisa, grande, blanca, pura. Tropezó y cayó al lado de un árbol.
     

     Sólo te advierto que desde hoy el concepto de infierno será cambiado dijo, mientras con las piernas expuestas comenzaba a jugar con su vestido. Con sutil brujería lo fue deslizando hacía su vientre, primero desde abajo y luego desde los hombros. Poco a poco su piel se presentaba al diablo; morena, candente, magnética. Sus manos jugaban, en un viaje que iba desde el cuello hasta los pechos, de los pechos al ombligo y del ombligo al orgasmo. Ella, sumergida en su placer, no se percataba del inmenso poder que ahora poseía. Sintió entonces una mano que se postraba sobre sus piernas, una mano fría a pesar del abismo en el que se encontraban. No quiso abrir los ojos. La mano misteriosa recorrió su cuerpo. El delicado contacto entre pieles parecía crear estallidos inconmensurables. Sintió una lengua humedecer su cuello, bajando en espirales hasta encontrar sus pechos, menudos y excitados. El objetivo era claro, se disponía a realizar el mismo viaje. Siguió su deceso por el surco del vientre, el verdadero camino hacia el infierno. Encontró el ombligo indefenso, profundo. Pequeños sonidos emanaban de su boca. No quiso abrir los ojos. Volvió a descender, una cuarta más abajo. Gritó alterada. El placer era infinito, ahora entendía perfectamente a Eva. Ahora deseaba también a Eva. No pudo evitar abrir los ojos, primero quedando blancos y luego volviendo. 
     Al situar su vista al frente vio al demonio sumergido entre sus piernas, como el caníbal que no ha sido alimentado en días. Detrás de él, Dios observaba. 

     ¿Quieres unirte? 
     No, quiero ser el único. 

     Un destello empezaba a forjarse en la palma de su mano derecha. "¡Hey, amigo!". Arrojó lo que parecía un tornado de rayos y centellas. El diablo, con una velocidad impresionante, se incorporó para recibirlos. "¿Acaso crees que sigo siendo el mismo ángel? ¡Ahora soy Lucifer, maldito bastardo!" aulló. Y soltó con furia una enorme bola de fuego brillante. 
     Todo se cubrió con un resplandor divino. 

 [...]

     «Dios ha muerto, querido». Escuchó Friedrich en la Tierra. «Dios ha muerto y no me arrepiento de nada».
     «Dios ha muerto», repitió Friedrich (La Muerte vuelta humano) en voz alta.

   






domingo, 21 de enero de 2018

Muerte y transfiguración (A mi abuela)



Siempre creí que el abuelo se iría primero y que, dos o tres semanas más tarde, la abuela también moriría de tristeza. Pero cuando aquella tarde al llegar de la universidad mi hermana me dijo con voz queda y melancólica "Asegura tus cosas, nos vamos para el pueblo", supe que me había equivocado. Pregunté con tranquilidad qué sucedía y ella, con la misma voz cicatrizante respondió: "Mi abuelita murió. Toma tus cosas y nos vamos". Yo, impasible, sólo logré soltar un "No puedo, tengo exámenes que presentar mañana". Me sorprendí tanto como ella, pero no planeaba cambiar de opinión. Me miró como con rencor y decepción, al tiempo que cogió su bolsa y salió del departamento con mi hermano menor. 

     Cuando, dos horas más tarde, me encontraba solo, comencé a llorar. No por mi abuela sino porque me imaginaba el profundo dolor que debería estar sintiendo mi madre. Y yo no estaría allí para apoyarla. Sin embargo yo me había prometido que si algún día algún familiar del pueblo fallecía, no descuidaría mis estudios porque de nada valía acudir a despedir a alguien que ya no estaba. Me pregunté entonces si el viejo estaría llorando. Es decir, jamás vi algo que demostrara el amor que seguramente se tuvieron y menos por parte del abuelo, que es un tipo más bien duro, con carácter de los mil demonios, pero quizá al saber que ya no vería más a su esposa toda esa armadura se haría pedazos. No fue así. Ni él ni mi madre arrojaron lágrimas. Tal vez porque su enfermedad nos había avisado ya desde hacía mucho; ya todos estaban preparados. 

     A veces el abuelo todavía pregunta por ella a causa de una supuesta mala memoria. "¿Dónde está tu madre?", le dice a mis tías. "¡Ay, señor! ¿No ve usted que ya se murió?", "Ah". Me gusta creer que más que por confusión y olvido, el amor que le tenía le hace negar su muerte. Me gusta creer que al final su armadura sí quedó destruida y trata de disimular la gran falta que mi abuela le hace. Es lindo imaginar que sufre por amor, que no quiere dejarla ir y alucina con su existencia. Ojalá tuviera razón.

     Esa noche, en medio de mi soledad, quise escribir para ella. Comencé poniendo: "Y más vale que Dios exista, y más le vale que la cuide y le apapache, que tenga un lugar reservado para su alma, que le sane las heridas y el cuerpo rasgado, que le devuelva la libertad que hacía tiempo había perdido, que la cobije entre sus brazos hasta que recupere sus fuerzas. //Más vale que Dios exista...    //Más le vale". No quise seguir pues me parecía que no era el momento. Recordé que cuando era niño, al ver a mi abuela ya con canas, pensaba en la reencarnación. Por aquél entonces ya comenzaba a dudar de Dios y su existencia. "Si algún día se muere -me decía- antes de que se vaya le pediré que me avise si hay vida después de la muerte". No pude cumplirlo. Luego pensé en la muerte. La muerte significa dejar de sentir. Supongo que con eso basta para creer que se está en el infierno. Dejar de sentir. ¿Qué cosa más terrorífica, no? 

     En fin, este no es un escrito para implorar a Dios que me la devuelva, para ser sinceros no la extraño y tampoco recuerdo ya mucho de su rostro. Pero sí recuerdo su bondad y cada uno de los detalles que tenía, así que, si esto no es una petición, es una amenaza. Más vale que Dios exista porque ella le entregó su vida, porque merece un pago en nombre de sus buenas acciones, de su ternura, de su lucha. Más le vale al muy cabrón, porque la muerte que vivió fue tan dolorosa, en nada correspondida por su vida de servicio. Al final espero que esto no sea su muerte, sino una transfiguración. Ella llegará a reemplazarte, desgraciado, tú no mereces ese puesto.

     Adiós, abuela. 
    Perdón por la tardanza.
    Y perdón por haber sido el único nieto que no acudió a tu funeral.


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domingo, 31 de diciembre de 2017

N.R.T (Nada; Recuerdo; Todo)

¿En dónde estoy? ¿Por qué tengo sangre en las manos? Me levanté del suelo y miré alrededor; no reconocía la habitación en la que estaba. Una pequeña lámpara de mesa alumbraba débilmente el lugar. El contraste entre el amarillo opaco de la luz y la oscuridad siniestra del ambiente era aterrador, como si algo grave hubiera ocurrido. ¿Estuve bebiendo? ¿Cómo llegué aquí? Comencé a recorrer el cuarto a pasos nerviosos, despacio. Sobre la cama pude observar un trozo de papel arrugado y al lado su bolso. Me acerqué titubeante, desenrollando la hoja para ver si podía darme alguna pista. 

«Te he olvidado rezaban las letras escritas
     Hace un par de meses que te he encontrado fría y moribunda en algún rincón abandonado de mi mente. No te pertenezco más. Ahora me permito observar a otras mujeres, admitiendo que después de todo, hay mejores ojos que los tuyos; más expresivos, más profundos, más coquetos. Ya no me alborota el organismo sentirte cerca ni recibir algún mensaje, tampoco los cariños que de vez en cuando se te escapan como diciendo: "no te vayas". No, cariño, ya no más. He besado un par de bocas sintiéndome libre y me he largado para no volver a encarcelarme. En este lado del olvido todo parece ser placer mundano, mero transcurso de vida.
     Cuando pienso en ti, mi memoria arroja una imagen desahuciada, incapaz de permanecer un minuto más en el desastre cerebral con el que cargo. A veces intento conectar contigo, pero te muestras derrotada y sin fuerzas. Como el hambriento que rechaza un trozo de pan por querer el sabor de la carne, decides desfallecer sin más. Te he olvidado y me parte el alma conocer esta verdad. No estás más en mí, querida. Después de mucho tiempo he logrado arrancarte de mis entrañas. Es extraño, ahora todo luce irreal, sin sentido. 
     Si te soy sincero, este nuevo mundo alejado de ti me resulta bastante vacío. ¡No lo quiero, lo detesto! Después de ti, beso sin ganas, acaricio sin ganas, despierto sin ganas. Pensar en ti era lo único que me hacía sentir vivo, sentirte, mirarte, abrazarte. No te amaba, eso lo sabes y quizá tampoco lo entiendas, pero hay sentimientos más grandes que el amor. No llevan nombre ni estereotipos, no llevan marcas ni sellos, son auténticos, libres y perfectos, llenos de éxtasis, placer divino. Y son esos sentimientos anónimos los que me ataron a ti. Por que ya lo dije una vez y lo seguiré diciendo, prefiero sentir contigo que amar sin ti. 
     Ojalá volvieras, ojalá me recordaras que olvidarte no es buena idea, porque todo es nada si no estás. Ojalá volvieras porque...» 

     El texto cortaba ahí, parecía incompleto. Las sábanas mostraban una tenue mancha roja donde antes había estado el papel, que seguía en un camino de gotas hacia el baño. Algunas rosas blancas yacían destruidas, esparcidas sobre suelo. El único cuadro de la habitación tenía el vidrio estrellado. En la esquina del colchón, además de su bolso estaba uno de sus vestidos (el blanco, mi favorito) igualmente destazado. Un gemido apenas perceptible llegó a mis oídos y corrí horrorizado a su encuentro. 
     Arrodillada sobre la tina de baño estaba ella. Ensangrentada, con la garganta cortada, pero firme. En la mano derecha sostenía una de tantas rosas blancas, sin intención de soltarla. Levanté su rostro con lentitud. No reaccionaba, permanecía inmóvil e impasible, como si estuviera muerta. Sabía que no podía estarlo, pues aún se mantenía sobre sus rodillas. Hubo un breve instante en el que sus ojos se abrieron y me miraron como la primera vez. "En tus ojos veo destrucción", le había dicho aquella ocasión. Justo ahora lo estaba comprobando. Al mirarme en sus ojos recordé todo, como un destello demoníaco aparecieron las imágenes que describían mi noche: 
     Me vi escribiéndole una carta de despedida, que enviaría con un enorme ramo de rosas blancas. 
     Me vi mintiéndome porque no era cierto el olvido. 
     Me vi deseando con todas mis fuerzas que ella apareciera. 
     La oí tocar la puerta, como acudiendo a mi auxilio. 
     "Hoy soñé contigo", me dijo. "Soñé que me leías ese poema que tanto me gusta". 
     Me vi dejándola entrar al apartamento y de la nada sentir un golpe (no de ella).
     Me vi  perdiendo la noción de la vida. 
     Me vi cortando su garganta con el cuchillo con el que planeaba suicidarme. 
     Me vi caer.

     Desperté

     Ella estaba a mi lado, mirándome a los ojos con una sonrisa encantadora. 
     ¿Qué sucede? dije. 
     Nada, mi amor, es sólo que hoy soñé contigo. Soñé que me leías ese poema que tanto me gusta...
Fotografía: Alley Scheffki

viernes, 1 de diciembre de 2017

Mujeres y otras deidades (II)

[...] Dios, sereno e imperturbable, con toda la justicia digna de un tirano, en un chasquido acabó con sus vidas. Ambos cuerpos quedaron enlazados, esparcidos sobre el suelo, sin más rastro que el de una vida bien vivida.

     Lo que Dios desconocía era que esa mujer estaba llena de pecados, mismos que le otorgarían su entrada al infierno. Había librado una simple batalla contra un mortal, era cierto, pero una más grande le aguardaba contra el demonio...
     

     SEGUNDA PARTE: UN ENCUENTRO CON LA MUERTE

—¿Quién lo diría, no? Todo mundo piensa que Dios actúa con sensatez, que castiga sólo aquello que atenta contra la bondad, contra la vida, contra el amor... Es cierto que no he sido buena, que soy más llamas que cielo, pero ¡Vamos, he hecho cosas peores, cosas realmente fuera de lugar! ¿Y matarme por un beso, por su simple egoísmo? No cabe duda, ni Dios mismo puede controlar el amor. Quizás vaya siendo hora de quitarlo del puesto, quizás sea tiempo de que se de cuenta que su omnipotencia no es invencible, que, como todo y todos, es vulnerable...

     La chica estaba extasiada. No comprendía cómo pero sabía que Él era el culpable. Lo supo por la manera en que estrujó su corazón hasta destrozarlo, su mano divina le había hecho sentir una energía impresionante, el mayor orgasmo que nadie le había otorgado. La Muerte la escuchaba furiosa; pese a todo el historial de pecados que cargaba consigo, sentía que no era hora de que aquella mujer visitara el infierno, que si había nacido para pecar, lo menos que podía hacer era envejecer con ello, viviendo con la misma intensidad con la que lo había hecho hasta entonces. 

     —¿Y por qué es que llorabas?
     —Porque de eso se trata, de sentir. Mis lágrimas no eran porque las cosas salieran mal, o por mis malas notas en la universidad o por los problemas en casa. Nada de eso. Si lloré es porque lo necesitaba, porque me aturde la felicidad eterna, porque no se vive de un sólo sentimiento. ¿Te imaginas? Toda una vida con una sonrisa en el rostro, o con el ceño fruncido o la mirada triste, ¡No lo lograría! No soporto la monotonía ni las repeticiones. Es por eso que cambio continuamente de rumbos. A veces mi camino lleva alcohol, otra veces drogas, amores pasajeros, triunfos deportivos y escolares, malas rachas, corazones rotos o incluso tardes de cama, café y libros. Y lo mejor de todo es que es mi decisión. Yo sé cuando quiero y cómo quiero hacer las cosas. Nadie me domina, ni siquiera la menstruación. Es cierto, a veces fastidia tanta intermitencia, pero es mejor que la rutina.
      —Ojalá puedas decir lo mismo entrando en el infierno... 
      —Las ganas me están matando. 

      ¡Qué extraña era esa mujer! Todo aquél que llegaba lloraba por su deceso. No paraban de decir que no era justo, que no habían terminado de ser felices, que no habían hecho lo que alguna vez se propusieron, que los devolvieran a la Tierra. Todos prometían arrepentirse, dejar los malos actos y ver por los demás si los dejaban volver a la vida. Después de todo la Muerte también funcionaba como sacerdote, no había quien se despidiera sin confesarse con ella antes.

     —¿Crees que te hayan faltado cosas por hacer en vida? 
    —Por supuesto que sí, pero te puedo asegurar que hice más en veinte años que muchas personas en toda su miserable existencia...
     —No te recomiendo que digas eso frente a los individuos que te acompañarán al lugar a donde vas...
     —¿Y qué importancia tiene? Ya estoy muerta de todas formas
      
     Le agradaba su actitud temeraria. Le agradaba que no le tomara importancia a sus comentarios y la seguridad que imponía. Hubo un momento en que sus ojos atravesaron los suyos, nadie antes había logrado encontrarlos debajo de esa oscuridad que representaba un falso cráneo. Sintió miedo y admiración. "Será mejor que nos vayamos", le dijo. La condujo hasta el abismo, y una vez que la dejó ante sus puertas, salió con prisa para encontrar a Dios. Una rabia incontenible la sedujo, dispuesta estaba a enfrentarlo. Sabía que las oportunidades eran pocas, pero ¿qué sentido tendría luchar si de antemano conoces la victoria?  

     [...]

     —¡Qué carajos te sucede!— aulló la Muerte.
     —Apuesto a que también te has enamorado de ella— respondió Dios con voz retadora. 
     —¡No seas absurdo, ella no merecía morir, no tienes derecho! 
     —No necesito ningún derecho, que no se te olvide. Yo no me rijo por leyes humanas, los tontos son ellos por creer lo contrario. 

     Escuchando esto la Muerte tomó su guadaña. Sin pensarlo arrojó con todas sus fuerzas una embestida que hirió el brazo de Dios. Lo intentó dos veces más pero ya no tuvo la misma suerte. Él, con un sólo movimiento, enfurecido y desubicado la tomó por el cuello con fuerza. "Tienes tres segundos para arrepentirte, dos más para arrodillarte y a partir de entonces, cinco para largarte" sentenció. "¿Y qué importancia tiene? Soy la Muerte después de todo...", respondió, siguiendo el ejemplo de su nueva dueña. 
  
     En un último zarpazo, Dios acabó ella.
     El fallecimiento de la Muerte, la condenaba a comenzar con una vida.
     


domingo, 19 de noviembre de 2017

Conticinio (soneto)

Dios es el silencio calmo, nocturno
Que lucha con el fuego de mi mente
Sin treguas, sólo hay un sobreviviente
Ni él ni yo, tu recuerdo taciturno.

¡Abre tus puertas sin miedo, Volturno!
Su viento cálido espero impaciente
Huele a amor, se avecina, se siente
Droga carnal que me lleva a Saturno;

Donde un nuevo lenguaje he aprendido:
El lenguaje de sonrisas. Callar
Leer el mensaje desconocido

Que algún día lograré descifrar
No hay más que hacer, ha quedado entendido
Tu sonrisa: conticinio solar


lunes, 23 de octubre de 2017

De Miedos, Sueños y Odios (DMSO)

Prometo con mi vida que no intentaré nada—, dije. Ella accedió. Tomé mi mochila, metí un par de libros y salí rumbo al hospital. Hacía una semana que la habían internado por un extraño efecto que le había producido el DMSO que utilizaba como medicamento. Aún no se tenían noticias particulares de lo que ese detalle implicaría, pero habían recomendado evitar las visitas, debido a que algunos doctores y enfermeras presentaban náuseas y repentinos desmayos al permanecer largo tiempo dentro de la habitación de María. Esa misma semana ella se había decidido a terminar nuestra relación, porque simplemente ya no daba para más. Por ello, cuando supo que quería visitarla, me hizo prometerle que nada intentaría, porque nada conseguiría.
     Pese a todo decidí intentarlo. No sabía bien como, pero tendría que encontrar la manera de entrar a verla y estar a su lado. El miedo me carcomía el alma, si habían prohibido las visitas era porque algo grave sucedía, algo con lo que la medicina no se había enfrentado antes. Misterioso caso. A decir verdad, todo en ella era misterio; cada centímetro de su cuerpo, su mirada, las pocas veces que emitía un pensamiento, las muchas otras en que decidía callarlos, todo en ella eran secretos que intimidaban y al mismo tiempo te incitaban a vencer ese miedo. Jamás se sabía con ella, un día podía llenarte de amor, abrazarte, besarte, y al otro podía odiarte con todas sus ganas, mostrarse indiferente, renegando de caricias y cariños. Ese era, quizá, el mayor miedo al que me ataba, pensar que un día cualquiera se largaría con todo mi sentir, sin decir nada, sin explicar nada, se largaría discreta, fugaz, impasible, se largaría porque sí, porque nada podría hacer yo para evitarlo. Y se fue, pero ahí estaba yo, sin ánimos de darme por vencido.
     Recordé la noche en que, previo a la cita en que nos haríamos novios, soñé con ella. Era una nada eterna, todo era blanco y vacío. Estábamos en medio de todo, observándonos. Su aroma dulce revoloteaba alrededor formando espirales cada vez más profundos y perfectos, su cabello se acomodaba en la forma exacta en que se encontraba cuando la conocí, sus manos, tan frías y delgadas, sostenían mis mejillas con ternura. Mi mano derecha reposaba sobre su pecho, escuchando el latir de su corazón; "Es así como como el frío quema, es así como los locos aman", me había dicho. Un fuego repentino salió de sus dedos y encendió mi rostro, yo no quería alejarme, era justo lo que estaba buscando. Me acerqué con ternura hasta postrar mis labios sobre el lunar de su boca y contagié mis llamas en todo su ser. El calor era tal que creció repentinamente en unos segundos. Cada vez se hacía más intenso, más y más intenso. Tan sólo unos instantes después, todo el vacío que nos rodeaba colapsó en un espectáculo de luces y centellas, nuestros cuerpos, enlazados por simples partículas, entendieron lo que había sucedido: nos habíamos convertido en Sol.
     Desperté con una sonrisa ilusa e incrédula, sin saber que ese día la vida me enseñaría que los sueños podían hacerse realidad. 
     Un zumbido en mi teléfono interrumpió mis recuerdos; el mensaje era claro: "No vengas, las cosas se han complicado". Eso era lo que más odiaba de sus acciones, la terrible intermitencia en la que me hacía vivir. Siempre que tomaba una decisión, no tardaba en arrepentirse. No podía sostener con firmeza resolución alguna, cambiaba de planes en el último minuto o simplemente se negaba. No por capricho sino por falta de agallas. Después de todo, la cobardía es el talón de Aquiles hasta de las personas más duras.  No detuve el auto. 
     Seguí andando hasta llegar a la calle donde se encontraba el hospital, donde no pude avanzar más, pues un montón de gente y agentes policiales impedían el paso. Bajé del vehículo sin pensarlo y avancé sin cuidado. A lo lejos se veía a todo el personal médico y pacientes desalojando el edificio. Unas cuatro o cinco personas se encontraban inconscientes y siendo atendidas por quién sabe qué cosa. 
        —No puedes entrar, hijo—, escuché, mientras alguien ponía su mano sobre mi hombro. Se han detectado severos problemas de intoxicación en el área inexplicablemente causados por una paciente, es mejor que regreses a casa. 
     Ni siquiera había terminado de decir la frase y yo ya había corrido a la puerta. Sabía que era ella quien estaba adentro. Sabía que era ella y no necesitaban prevenirme de peligro alguno. "¡Detente, ya han muerto tres personas a causa de ello!¡Detente, con un carajo!". No frené. Nadie me seguiría, pues el temor de entrar a buscarme era mayor que cualquier intento por cumplir la ley. Abrí las puertas con un empujón y, sin saber a dónde me dirigía, corría hasta llegar a la habitación deseada. Fue como recibir mensajes telepáticos que me guiaron a mi destino. Entré, ahí estaba ella. El cuarto era un desastre, papeles por todos lados, gasas, guantes, sábanas. Todo yacía en el suelo sin orden alguno. Las paredes permanecían blancas. Una jeringa llena de sangre se encontraba al borde de su cama, con extraños cuerpos flotantes de color amarillo sobrenadando en ella. 
       —¡Vete!
       —No iré a ningún lado
       —¡Eres un tonto, lárgate de aquí!
     Su piel estaba envuelta en un sudor aceitoso. Brillaba. Brillaba como en el sueño. 
       —¡Vete, vete, vete!—, gritaba desesperada. 
     Me acerqué a ella, estaba empezando a perder el conocimiento. Di un último paso y caí rendido sobre ella. "¡Eres un tonto!", escuchaba, mientras sus manos se postraban en mis mejillas. Las acariciaba en un intento desesperado por devolverme la conciencia. "¡Te odio, te odio mucho!". En un último esfuerzo levanté mi mirada hasta topar con la de ella.     
     Prometiste con tu vida que no intentarías nada dijo, ya con lágrimas en los ojos.
     —Vale la pena morir por lo que uno ama respondí, mientras ocupaba mi último aliento para alcanzar sus labios. Mi mano derecha reposaba sobre su pecho, escuchando el último latido de su corazón, escuchando el silencio que nos convertiría en Sol...

     Besarla significó vencer el Miedo, cumplir un Sueño y tragar mis Odios. Besarla fue la mejor manera de autodestrucción. 



domingo, 1 de octubre de 2017

Opciones

Si vas a hacerlo, hazlo sin pena, sin prejuicios, sin temor. Si vas a hacerlo, deja el alma en el acto, no te fijes en los que te observan, sólo avanza, avanza, avanza hasta quedar satisfecho. Si vas a hacerlo, deja de pensar si es bueno o malo, déjate llevar, déjate caer, ¡comienza a sentir! Si vas a hacerlo, hazlo sin más, no busques pretextos, no te impongas obstáculos que no estés dispuesto a superar, no lo dejes para la próxima semana, ni siquiera para mañana; el tiempo, en esta vida, es lo más valioso. Si vas a hacerlo, que nada te importe más que lograrlo. Incluso si crees que es tiempo de rendirte, hazlo si así lo quieres, no des avisos ni pidas permisos.

     Si vas a amar, evita los consejos, no escuches palabras de corazones ajenos, ellos nada saben del amor, no del que tú sientes, al menos. No intentes seguir otros pasos, historias de éxito, finales felices. Si vas a amar, no esperes la aprobación de tu amigo o de tus padres, que te importe un carajo que te digan que no te conviene, que tu pareja es mala influencia, que su carácter es horrible, que está demente. Sobre todo si está demente. La cordura hace mucho que está sobrevalorada. El mundo, hoy por hoy, es de quien piensa menos y siente más. Llámense anarquistas, artistas, químicos o bomberos. Incluso aquellos que hoy están el poder, ellos tiranos, ellos abusadores, ellos que dominan se dejaron llevar por el sentimiento, el placer monetario y el bienestar. Si vas a amar, más vale que luches por ello, que permanezcas firme pese a los golpes, que te levantes hasta conseguirlo. Si vas a amar, no te disculpes por las consecuencias, ten por seguro que cosas aterradoras surgirán por el atrevimiento, ten por seguro que habrá heridas, cicatrices, fuego, explosiones, multiversos, dioses escandalizados, religiones reprochando, oportunistas acechando, amistades desfalleciendo y todo, todo eso debes dejarlo atrás, porque ningún precio es demasiado alto ante el privilegio de hacer o tener lo que amas. 

     Si vas a amar, hazlo rompiendo esquemas. ¡Fuera sotanas, fuera hábitos, fuera uniformes! Si eso te impide querer, arráncalo, dile a Dios que no tienes tiempo para jugar al santo, que en casa te espera una mujer hermosa, hijos, familia. Dile que serás homosexual, que esta noche no te moleste porque harás el amor aunque se enfade. 

     Si vas a amar, hazlo aunque sea prohibido. Si ya pecaste en otras tonterías, qué mas da hacerlo por amor. Hazlo porque te arrepentirás si decides lo contrario. Hazlo por ti, para que sientas más de lo que sientes ahora, para que tu cuerpo se llene de emociones, para que puedas llegar a viejo sin miedo a que te falte algo, para que el día en que te marches, dejes grandes lecciones a quienes seguían tu camino. 

     Si vas a amar, toma mi mano y llévame contigo.




El sol nos oculta el firmamento (Soneto)

Si sólo buscas luz y fluorescencia Y a la vida evitas su oscuridad Si temes mirar la profundidad ¡Esa no es vida, es absurda existencia!...