lunes, 31 de octubre de 2016

Asuntos del corazón.

Nueve besos y diecisiete segundos. Eran la medida exacta desde el lóbulo de su oreja izquierda hasta la comisura de sus labios. Nueve besos, diecisiete segundos y treinta y cuatro latidos. 
    Ella estaba fría. Me gustaba besar su piel congelada, era como besar a la virgen en medio del infierno. Cada dos o tres minutos nuestras miradas chocaban sólo para contarse un montón de secretos, aquellos que ni el silencio podría descubrir y se guardarían en la eternidad. Con una lentitud exquisita, ella recorrió mi mejilla derecha, me acercó hasta su boca y me dejó en el deseo. Nueve milímetros separaban nuestros labios, nueve milímetros de gloria e impaciencia deliciosas. No estoy seguro, pero creo que fueron setenta y siete latidos antes del choque. Y la besé. 
     Sus labios eran inexpertos, tan ingenuos y tiernos que temía estar robándole un trozo de inocencia. Los árboles alrededor parecían ser cómplices de nuestra confidencia, la oscuridad nos escondía del resto y los grillos tocaban su sinfonía para nosotros. Todo a paso lento. Pausado. El viento golpeaba cada vez más quedo, hasta volverse una brisa acogedora y cicatrizante...
     Y todo desapareció. 
     De pronto nos encontramos en la nada. Cero absoluto. Vacío. Ausencia. Diecisiete segundos y treinta y cuatro latidos fueron su duración. Después de eso, abrimos los ojos frente a la calle de su casa. Jamás había estado allí, pero sabía que lo era. 
     Un terror desconocido se apoderó de mí, mis pupilas se dilataron y el tiempo pareció esfumarse. Ella lo entendió y me cogió la mano. Caminamos con paso discreto, sigiloso. Las luces esparcían su luminiscencia de manera tímida y tenue, en un espectáculo romántico y horroroso. 
      "¡Maldito hijo de puta!", se escuchó que alguien aullaba a lo lejos. "¡Te voy a matar, imbécil!", dijeron ahora, y una silueta comenzó a divisarse. Era su padre quien gritaba furioso y se acercaba. En su mano derecha cargaba una pistola y de a poco la fue levantando. "¡Te vas a arrepentir de haberte acercado a mi niña!". A diecisiete metros de distancia se detuvo. En sus ojos podían verse los mismos abismos y demonios que cargaba su hija. Diecisiete segundos después, lanzó el primer disparo. 
     Impactó directo en mi frente. La sangre brotaba caliente y resbalaba sobre mi rostro, pero permanecía de pie. Con los ojos perdidos y el rojo bañando mi cuerpo, aún permanecía en pie. Ella lloraba a mi lado. Pero yo no soltaba su mano. "¡Suéltala!", decía su padre, pero yo no obedecí.  
     "Lo siento, princesa", dijo, y disparó nuevamente, también en su cabeza. Ambos estábamos muertos, eso estaba claro, pero ni su padre ni nosotros entendíamos por qué seguíamos en pie. Nuestros cuerpos petrificados miraban a ninguna parte, y nuestras manos se aferraban a estar juntas. 

      Desperté. 

     Sólo había sido un sueño. Un sueño horroroso y también muy simpático. Diecisiete segundos después lo entendí todo. Poco importaba que su padre nos hubiera volado la cabeza, poco importaba que hubiéramos muerto mentalmente. Si nuestras manos seguían unidas era por una simple razón que su padre jamás entendió: las cosas del amor no son un asunto del pensamiento, la razón o la muerte. No señor. Su padre debió disparar en el pecho, porque las cosas del amor sólo pueden ser asunto del corazón. 





sábado, 8 de octubre de 2016

Entregarlo todo.

¿Qué somos? Es la pregunta que da pie a todo esto. La pregunta es realmente sencilla, lo difícil es la respuesta.
      ¿Somos un beso? Si somos un beso, ojalá que no sea un vulgar beso en la boca, tan ordinario y común que resulta un insulto a todo este romance. Si somos un beso, que sea uno en la mejilla, en la comisura de los labios, en el cuello tibio o el vientre terso. No hay que caer en el juego de lo simple, esa manera tan trivial con la que se aman las parejas de hoy. Si somos un beso, que sea uno que llegue hasta los huesos y perturbe el alma, que evite que duermas y te deje la sensación de haberlo vivido todo. Si somos un beso, que sea el beso infantil, lleno de un cariño sincero e ingenuo, tímido y electrizante.
     ¿Somos un instante? Si somos un instante, que sea aquél en el que se creó el mundo, instante lleno de explosiones, estruendos y bombazos estelares. Si somos un instante, que sea el de un nacimiento, momento exacto en el que se conoce la luz y se ve todo como un bello misterio. Si somos un instante, que sea el segundo antes de morir, porque está lleno de memoria y se vuelve una eternidad, porque entonces seremos tan sabios que no necesitaremos de los demás. Si somos un instante, ojalá que sea el más largo de la historia.
     ¿Somos una realidad? Si somos una realidad entonces hay que tener cuidado. Todo lo auténtico tiene siempre algo de tenebroso. Si somos una realidad entonces hay que pisar firme y sin titubeos, a estas alturas la duda podría considerarse un verdadero pecado. Si somos una realidad entonces hay que desgastarla, consumirla hasta volverla algo fantástico y sobrenatural.
     Niña mía, te confieso algo, me han dicho que me cuide de ti, que si no pongo atención puedo acabar en un abismo. Eso se rumora entre algunas bocas sinceras, y lo admito, creo que tienen razón. Dicen que eres mala como el demonio mismo, que disfrutas con los juegos de seducción y después te largas en busca de una nueva víctima. Dicen que detrás de ese par de ojos tan dulces escondes el mayor de los martirios, que en tus besos se esconde una red de tortura inimaginable, que acaba con uno lento, tan lento que puede sentir su corazón volverse trozos, despacito, sintiendo el ardor en las venas.
     Dicen, eso dicen. En pocas palabras, dicen que soy un pendejo, que este intelecto no va de acuerdo a mis decisiones, que cuando elijo algo pareciera que tengo basura en lugar de cerebro. Dicen que no veo más allá de mis ojos y que cuando veo, lo hago hacia el lugar equivocado.
     Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Así que, niña mía. si a final de cuentas me equivoco y el resto tiene razón, si al final de todo me destrozas y me desechas, espero que esto suceda sólo después de haberlo entregado todo.


Alergias

Soy alérgico al polvo, ese que nace de poco usar la mente, aquel que se acumula en los proyectos abandonados y los sueños envejecidos. Me ...