martes, 27 de diciembre de 2016

Origami

Hice un último doblez. Ahí estabas tú, con cuerpo de grulla y piel de papel. Cada pliegue representaba un recuerdo, de esos tan escasos e insignificantemente bellos, de esos que aún no existen pero guardan un lugar en la memoria. Cada beso un vértice, cada arista una caricia y un estúpido sentado, mirando fijamente una figura sin vida. La escultura no era roja, como quizá te hubiera gustado, más bien era blanca, horrorosa y sencillamente blanca. Una nada llena de vacío. Una nada tan pura que causaba en mí unas ganas incontenibles de gritar. Grité. Grité en un par de susurros: Te extraño. Un par de palabras con un par de significados; te extraño al echarte de menos y te extraño al conocerte tan poco. Extraño caso de extrañar a un extraño. 
     El nuestro fue un romance de papel, bien fabricado, bien trabajado, lento, elaborado con cuidado, con la delicadeza exacta de la imperfección. No es fácil conseguir un amor así, menos aún conservarlo. Los romances de papel son de artistas, maestros de la paciencia, pintores de los paisajes más oscuros, exquisitos, cicatrizantes; danzantes arrítmicamente sosegados; fotógrafos de cámara cerebral; escritores de letras invisibles; actores que no fingen; músicos de notas en trozos de cuaderno de secundaria. Un romance de papel, si se cuida puede ser monumento al amor, si se abandona termina en los residuos de la pasión. 
     Origami: otra forma de hacer arte con papel, otra forma de encerrar amores. Uno se siente Dios al crear y destruir personajes, uniendo y pulverizando vidas. Prueba y error, después de todo Dios también es científico. Después de todo, fallar también es de dioses. Si me dieran a elegir entre escribir y esta grulla, elegiría la grulla y escribiría sobre ella. Letras que vuelan sobre papel son más. Letras que vuelan sobre ti son poesía. El mundo está lleno de faltas, y tu cuerpo es un nuevo mundo. Mujer bonita, a las cerezas de tus labios les hizo falta madurar, a la suavidad de tu cuello le hizo falta humedecerse. Cada uno de tus ojos está falto de aventuras por ver, cada uno de tus dientes necesitan más sonrisas que derramar. El lunar de tu espalda está esperando un juego de besos. 

     En fin, te tengo una sorpresa: hace rato que moví la figura de lugar. ¿Quieres saber dónde se encuentra?

    Origami: otra forma de hacer arte con papel, otra forma de encerrar amores.




sábado, 3 de diciembre de 2016

Enamorado del amor

—Tú estás enamorado del amor— me dijeron. No estaba seguro si era la voz melancólica de Ximena o los murmullos sinceros de mis demonios. 
     Era cierto. 
     Ninguna mujer. Ni una sola. Noventa y dos poemas en el historial y todos dedicados al amor. Es complicado y hasta gracioso, abrir un día los ojos y caer en cuenta de la hermosa farsa en la que se ha vivido. ¿Enamorado del amor? Quién lo diría. Ni el mismo cupido lo habría adivinado. 
     Y es que uno piensa que son sus ojos, par de esferas solares que enervan y dinamitan; globos incandescentes con ramajes que atrapan y jamás liberan; universos dentro de más universos. Pero no. Tampoco lo son sus labios, mares de deliciosos contactos, exquisito manjar de los dioses. ¡No! No lo fue el primer beso, la primera carta ni las sonrisas. Menos aún aquella mirada que penetró mi aparente estructura de hierro, la forma tímida y coqueta con la que me decías "Te quiero", tu figura angustiada cuando pintabas sobre un lienzo o la inocencia de ser tu primer amor. ¡No! Nunca fui preso de tus años de experiencia, de las mordidas en cada beso ni de la vez en que descubrí tu perversión. Siempre fui libre, a pesar de tu piel morena y perfumada, de tus nalgas bien formadas o de tu aparente quietud después de años de viajes. 
     Sólo un tonto podría confundir estar enamorado con el simple placer de estar a tu lado, los detalles que te permitías o el CD de mi banda favorita que me obsequiaste. Los cabellos rizados que caían sobre tu hombro, tu voz deliciosa cuando hablabas francés, los días en que pensábamos echados en el pasto, jamás fueron mi perdición. Ni tu inteligencia, ni el misterio en tu personalidad ni tu nariz. Poco importó que brillaras tanto como tu nombre, que me escribieras una increíble declaración de amor o que dijeras "sí" en la primera cita. 
     No. Nada de esto. Ninguna mujer. Ni una sola. Sólo el amor. 
     Y es cierto. Estoy enamorado del amor. Estoy enamorado del sentimiento, de los escalofríos que  sufro al notarlo, de cada maldito segundo de sacudidas y nerviosismos, de las parálisis al corazón y de las tristezas cuando se rompe. Estoy amando al amor, por hacer del tiempo nada más que un juego ridículo y sin ley, por ser el creador de miles de nuevos mundos, imaginarios y reales, revolucionarios y pacíficos, tontos y maduros. Porque gracias a él sientes de todo: alegría, odio, pasión, tristeza, lujuria, envidia, orgullo, gula... Con él pecas y santificas, callas y gritas, ves y te ciegas, vives. Vives y vives y vives, y mueres para renacer y volver al ciclo. 
     
     Mujer, estoy enamorado del amor, pero si algún día me enamoro de ti, entonces no sé lo que pueda pasar...
                                          


  


Mujeres y otras deidades (I)

PRIMERA PARTE: EL DÍA QUE DIOS SE SENTÓ A OBSERVAR Sentado al filo de la mesa, con una copa de vino rotando con su muñeca, Dios observa....