viernes, 27 de enero de 2017

El amor es como tirarse en un paracaídas

Te levantas temprano y emprendes un viaje hacia un lugar desconocido. Quisieras que el camino fuera más corto, que el colapso se disipara en un chasquido, que el resto de los individuos te dejen el camino libre. Pero eso no es posible, porque las grandes aventuras siempre vienen con varios minutos de retraso. O tal vez somos nosotros quienes llegamos temprano... Quién sabe.
     Cuando por fin llegas, te das cuenta que estás perdido. Ese territorio que estás pisando para ti es irreconocible. Habías estado cerca, pero nada más. Apenas tocas su suelo y ya sientes el calor invadiéndote, cada fibra de tu cuerpo reacciona con el ambiente y comienzas a arder. No lo parece, pero un fuego dentro de ti se ha encendido. Como estás desorientado, decides preguntar. Una mujer muy amable te dice: "Es por allí". Es una mujer con experiencia, conoce de caminos y destinos, de tiempos y memorias, Desde luego, sólo está para servir.
     Casi sin darte cuenta las horas han pasado, pero ya estás más cómodo, mejor preparado, más tranquilo. Cierras lo ojos hasta que el reloj grita con tranquilidad que ese divino instante ha llegado. Pero eso no es posible, porque las grandes aventuras siempre vienen con varios minutos de retraso. Tomas asiento porque es necesario esperar. Un nerviosismo sabroso te invade, las ansias por devorar al espacio te seducen y el miedo no es más que un compañero de travesía. Las reglas son muy claras: puedes sufrir lesiones, los trastornos pueden ser letales e irreversibles, ¡puedes incluso morir! Pero eso importa muy poco, estás decidido.
     En la televisión transmiten historias de éxito, finales felices llueven en cada relato. Sin duda hay un par que sufre por unos instantes, pero no tardan en superarlo. Es increíble como las personas pueden sonreír aún cuando el pánico les carcome el alma. La gente a tu alrededor se ha desvanecido, no te incumbe su existencia, sólo estás tú y la experiencia que estás por vivir. Hay algunos con experiencia, otros tantos que como tú, es su primera vez, hay maestros que te cuidan y novatos que te incitan. Mencionan tu nombre porque es tu turno de equiparte, una hazaña como esta debe tener la mejor protección posible. Minutos después, comienzas a caminar porque el retraso ha terminado.
     Aceleración.
     Incremento.
     Comienzas a volar.
   ¿Increíble, no es cierto? Ahora ya no hay marcha atrás. Todo o nada. Ya no hay lugar para intimidaciones. "Hay dos cosas muy importantes...", escuchas en tu oído. La primera decides ignorarla, "La segunda son mis manos. No las sujetes porque nada bueno saldría de eso". Sí, tomar a alguien de la mano también puede significar la muerte. Finalmente, ves caer al primero. Es una imagen tan brutal que te hace dudar por un segundo. ¡Ja! Inocente soñador.
     Fuerza.
     Viento.
     Comienzas a caer.
   ¡Te has tirado al abismo! El terror te invadió sólo unos instantes, brevísimos e interminables instantes. Ahora todo fluye a una gran velocidad. Escuchas los susurros del viento, el secreto de los pájaros, el rugir del cielo. El mundo se ve más pequeño, como si pudieras aplastarlo con un pie, y también más claro. Los detalles que hasta hoy desconocías, de pronto se presentan ante tus ojos. El inmenso lago se ha convertido en un charco en el qué saltar después de un día de lluvia. Todo luce más bello, como si el dedo de dios se hubiera escapado del himno sólo para postrarse ante tu gloria. Y ya no piensas en la caída, no hay más estudios, trabajos y deberes, no hay trofeos ni victorias, todo el pasado se borra ante la maravilla del presente. Da Vinci estaría orgulloso.
     Y así, sin más, algo te detiene. Ahora flotas sin dejar de descender, ahora eres más consciente de lo que está sucediendo, ahora puedes dirigir el momento. Estabilidad, le llaman. La ingenuidad ha terminado, el universo ya deambula a paso lento, no quisieras que terminara la paz que ahora vives. Sigues navegando entre las olas de aire, sigues creyendo que estás en el paraíso. ¡Ja! Inocente soñador. Mientras sigues soñando, las siluetas en la tierra te anuncian un final inevitable. Ya  no es algo que puedas decidir, el desenlace está por llegar. No hay más opción que preparar el aterrizaje. Sin remedio y con resignación, postras tus pies en el suelo. Todo ha terminado.
     
     Al final, el amor es como tirarse en un paracaídas: al principio crees que será eterno; luego te das cuenta de que es apenas un parpadeo.
     Al final, el amor es como tirarse en un paracaídas, no te marchas sin prometer que volverás a intentarlo.


lunes, 9 de enero de 2017

Laura

Entre al vagón. No había fallas en el tren pero aún así se tomó unos minutos antes de avanzar. Aproveché para caminar hacia el fondo. Mientras recorría los pasillos daba un vistazo a algunas personas en los asientos: el señor de traje negro, aunque con el rostro serio, luce feliz, lo sé por la leve arruga curvilínea que divisa a un costado de sus labios. La barba y los anteojos le dan un aire de licenciado, uno de esos fracasados que al fin tuvieron un día de suerte; la muchacha de la boca roja está inquieta, insegura. Quizá no cree estar bien arreglada o está por llegar a una cita importante. Seguramente salió sin permiso de sus padres, la profundidad de sus ojos indica rebeldía; el regordete de la izquierda está preocupado, el niño que sostiene su mando lo entiende y trata de animarlo con juegos inocentes; la anciana del bastón está ansiosa por llegar a casa (nadie le ha avisado que su viejo esposo ha muerto) y el idiota que está estorbando sólo piensa en pasar otro nivel de Candy Crush. 
     Es increíble la cantidad de mundos que hay en un pequeño espacio. Más increíble aún resulta saber que hay miles de historias que no conocerás jamás. Es una lástima, hay un montón de relatos escondidos entre cada par de labios que me gustaría escuchar... Un celular sonó y tan sólo unos segundos después cayó al suelo; detrás de mí la anciana del bastón miraba con la boca abierta y la mente perdida. ¿Una mala noticia? No me sorprende. 
     Seguí avanzando con mi libro en la mano. Algo dentro de mí me decía que ese escrito me traería buenos momentos. Después de todo yo también estaba inquieto, agitado por presencias invisibles, ido. Es uno de esos días en lo que tu cuerpo entero está en la espera de algo, con los huesos palpitantes y la piel fría, sin certeza de lo que el futuro le aguarda, pero convencido de que sucederá lo inesperado. "Como agua para chocolate", se leía en la portada. Llevaba mucho tiempo tratando de comprarlo. Ahora lo tenía en mis manos y si no había comenzado a leerlo era porque la sensación eléctrica en mi ser evitaba que me concentrara. Mientras caminaba di una rápida hojeada al contenido, tan descuidadamente que el libro cayó de mis manos. Me agaché a recogerlo y en el momento en que mis ojos se fijaron al frente, supe que era ese instante el que tanto había deseado.
     Piel morena como de cajeta, ojos grandes y labios delgados. Vestía una gruesa chamarra negra, una bufanda gris y unos pantalones deslavados. Los cabellos chinos amarrados en una cola de caballo y las manos pequeñitas que sostenían su teléfono. Hubo un brevísimo instante en el que nuestras miradas chocaron, y eso bastó para entender que estaba perdido. Perdido en un par de compuertas hacia algo tan misterioso como Dios mismo, tan peligroso como el demonio y tan fantástico como la vida. No, no, no. Esto es mucho más grave pero, ¿qué es? Sus ojos me observaron de nuevo, ahora desde una distancia más grande. No era una mirada de complicidad, pero intentaba decirme algo. "¿Por qué me ves? ¿Qué estás esperando para hablarme?", seguramente pensaba. Por supuesto, el hecho de que lo pensara no quería decir que lo deseara. Era más bien una intuición, un pensamiento entre lo deseado y lo temido.
     Salimos del vagón por puertas distintas. Ella, a paso apresurado se alejaba. No me esforcé en seguirla, pero mis pasos nos mantenían cercanos. Cuando caminaba movía las caderas de una forma espectacular, coqueta y exacta. No era una mujer de gran cuerpo, su cintura no reflejaba curvas sensacionales y sus piernas eran flacas, aunque bien proporcionadas. Desató su cabello dejando caer una grandiosa melena sobre su espalda. No sabía su nombre, pero la bauticé como Laura en honor a la escritora del libro que traía en manos. La rebasé evitando mirarla. Al pasar a su lado un viento caliente me abrasó hasta robarme una sonrisa. 
     Cuando volteé ella ya no estaba, pero la sonrisa seguía. 
    Es increíble la cantidad de mundos que hay en un pequeño espacio. Más increíble aún resulta saber que hay miles de historias que no conocerás jamás...


Mujeres y otras deidades (I)

PRIMERA PARTE: EL DÍA QUE DIOS SE SENTÓ A OBSERVAR Sentado al filo de la mesa, con una copa de vino rotando con su muñeca, Dios observa....