viernes, 24 de febrero de 2017

Mujer eléctrica

Te conocí en tu dulzura ardiente. Miles de hilillos de miel resbalaban sobre tu piel blanca hasta convertirse en fuego, un fuego que no descansa e incendia todo a su paso. ¿Cuántas víctimas, dime cuántas, han perecido ante tus llamas? Y es que, a primera impresión, luces como una simple fogata, discreta y sosegada, de esas que auxilian las noches frías de unos cuantos vagabundos. Sólo es una imagen, las llamaradas mortales no tardan en aparecer.
     Pero todo ese resplandor se convirtió en relámpago. De la nada caminabas hacia mí, expulsando chispazos eléctricos. Todo a tu alrededor parecía convertirse en luz después de años de oscuridad. De no ser porque llegamos tarde a este mundo, habría creído que eras Dios. Tan blanca como la luna, tan delgada, tan resplandeciente, lo único que uno puede hacer, es recibir las descargas que de ti se desprenden. Un collar de esferas rodeaba tu cuello, era como ver un sistema solar, con el sol azul y los planetas a la misma distancia. Y mientras más te acercabas, más claro me quedaba todo, como el barco que en medio de la tormenta divisa el faro que le anuncia que ha encontrado su destino.
      Mujer eléctrica, tus ojos son el ámbar responsable de esta magia, magia que levanta a los muertos e hipnotiza a los vivos, que desaparece pensamientos, que adivina tus sentidos. Tus labios no son el infierno pero ya queman a la distancia. Te acercaste más y sentí cosquilleos en todo el cuerpo. En mis venas ya no corría sangre, sino cargas eléctricas. Te acercaste tanto que me convertiste en rayo, porque morí tan sólo un instante después. Te acercaste tanto que puede comprobar que la electricidad también tiene aroma.
     Era la primera vez que veía convertirse el fuego en electricidad. Como un milagro o como un desastre, fue que entendí que el amor también puede dejarte ciego.


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viernes, 3 de febrero de 2017

Sinsentido consentido

«Cuando lleguemos a ese río, ya cruzaremos ese puente»
—Julio César


Miedo. Cinco letras lo suficientemente poderosas como para acabar contigo. No necesita aliados, simplemente te carcome hasta dejarte quieto, te ata los brazos y piernas, te cubre los ojos, aprieta el cerebro y quema tus huesos. No te engañes, no lo hace para darte una lección. Lo hace para divertirse, porque le encanta jugar y más aún, porque le encanta ganar. Es el sinsentido más consentido de la historia; todos le ofrecen regalos aún cuando no lo desean. Lleva un costal lleno de amores cobardes que no se dieron una carta, un abrazo o un beso, que no fornicaron, que no huyeron juntos, que ni siquiera iniciaron. Lleva un millón de "Te amo" y el doble de "Te odio". Carga consigo las letras absurdas que no te animaste a publicar, la canción que jamás tocaste en la serenata que siempre quisiste dar, el folclor de un baile que se quedó encerrado en lágrimas de vergüenza, el lienzo inconcluso que no te atreviste a enseñar. Tiene incontables gritos de enojo y de rebeldía, golpes contenidos, portazos ahorrados y conciertos perdidos. Lo que más le encantan son esas historias que nadie se animó a vivir, esas que quedaron atrapadas en simples miradas a distancia, cómplices, en busca de un auxilio que les aparte de su rutina. 
     Tú no lo sabes, pero siempre se anticipa. Su arma más poderosa es el futuro, ese que aún no existe y que te empeñas en creer que ya es una realidad. Antes de empezar el juego, despista a tu mente; pone ante ella diversos caminos, de los que duelen y los que no. No le preocupa enseñarte aquella vereda que te lleva al paraíso, porque sabe que no la vas a tomar. Te la muestra, la pone justo enfrente de tus pies, la adorna con florecillas y frutos coquetos, sólo para que desconfíes. Entonces emprendes un viaje terrorífico —en el mejor de los casos— o simplemente no tomas ninguno —como casi siempre—.  Tú no lo sabes, pero ningún camino está cerrado. Todos, sin excepción, te llevan a tu destino. Pero mira que tontos e ilusos los humanos, que ponen trabas ellos mismos, que construyen muros para después quejarse de haberlos hecho, que crean arenas movedizas para atraparse en ellas, que crean trampas para caer ellos mismos. 
     Al miedo le gusta que esperes, que te quedes estático. Cada segundo perdido, para él es un segundo ganado. Le encanta ver tu rostro débil, ese rostro de estúpido e indefenso niño. No sólo te amarra el cuerpo, también hace nudos en tu garganta, envuelve tu corazón, te corta la lengua, te desgarra los músculos. Es un maldito criminal y lo premian por ello. Asesina a los "Perdón", secuestra a los "Te quiero", viola tu soberbia, desolla a tu odio. Te arranca la piel y en su lugar coloca una coraza, una máscara de cuerpo completo, una falsa imagen para mostrarle al espejo.
     Es el sinsentido más consentido de la historia, porque a pesar de que nadie lo quiere, lo siguen apapachando, lo siguen invitando a sus casas en una noche de películas, a las cenas con un anillo escondido, a la mesa familiar donde se guardan los cariños, al momento de una despedida reversible, a los gritos de sus jefes. Cuando estás por marcar un gol, aparece. Cuando estás por aventarte al vacío, aparece. Cuando quieres aprender algo nuevo, cuando quieres revolucionar, cuando no estás de acuerdo con el político, cuando vas a cambiar tu rutina, cuando decides abandonar tu carrera para dedicarte a otra cosa, cuando abres los ojos, cuando das el primer paso, cuando das los últimos, cuando decides quedarte solo... aparece.
     Si a pesar de todo eres de los valientes, de aquellos que han logrado vencerlo, te felicito. El Miedo es un buen perdedor y  poco le importa una derrota; al final, adora seguir jugando. Si eres de los valientes sigue luchando, no desesperes. Sigue con el brazo fuerte y aplastando lo que te impida seguir tu camino. El mundo es de los osados y de los prudentes. No te prives de dar un abrazo o un buen golpe. Haz las preguntas estúpidas que te aquejan (puede ser un "¿Cuánto es dos más dos?" o "¿Quieres ser mi novia?"). No hagas caso a los poetas melancólicos que fallaron en el amor, escupe todas las palabras de odio que no dices por "respeto", no hagas caso a tus maestros si te dicen que no estás hecho para tal o cual cosa, no hagas caso a las estadísticas que sólo hablan de mayorías, evita el contacto con los tímidos y blandengues, teje los caminos y no esperes que se abran, ponte obstáculos y derríbalos como entrenamiento, repítete que arriba de ti sólo está un cielo... y eso temporalmente.
     Si decides ser pasivo y te entregas a las esperanzas, si decides agacharte y obedecer, si decides deambular sobre los terrenos que alguien más ya trabajó, eso es problema tuyo. Es tu decisión y a final de cuentas también se necesita ser valiente para vivir así. Si quieres, espera. Si quieres, observa. Si quieres, quédate ahí. Sólo recuerda que de tanto esperar podemos sacar raíces.




Placer desconocido (II)

— Tu corazón está latiendo muy rápido —, me dijo.       —Es porque sabe que estás cerca —  respondí, mientras miraba el último ras...